Cuando
dos de los cuatro integrantes de McFly ya habían contraído matrimonio, las
Galaxy Defenders empezaron a temer lo inevitable: que sus ídolos empezaran a
formar una familia. Ellas habrían sido felices si hubieran confesado su amor
entre ellos y habrían aceptado gustosas la confesión de una vida juntos unos
con otros en una orgía constante, sin embargo era demasiado bonito para ser
real, pensaban.
Pero
el miedo estaba ahí. La verdad era que la gran mayoría de ellas tenían
sentimientos encontrados. Por un lado, deseaban con toda su alma ver a Tom
convertido en el primer daddy de la familia, y sus mentes divagaban por mundos
en los que Fletcher le cantaba “Moon
River” a su hijo, endulzada la nana con la voz de Giovanna, y terminaban
encharcadas en un mar de lágrimas porque la estampa era preciosa. O
imaginándose al gran Harry Judd perdiendo toda la dignidad haciéndole
carantoñas a su primer retoño. Y esa imagen les seducía, les gustaba y les
parecía algo realmente adorable, pero en la otra cara de la moneda estaba el grupo,
el futuro de McFly. ¿Qué pasaría con la banda cuando sus vidas se llenaran de
hijos? ¿Cómo sacarían tiempo para todo? ¿De qué tendrían que prescindir? Muchas
de ellas estaban convencidas de que el sacrificado sería el grupo. Sabían,
estaban plenamente convencidas de que cuando Tom cantaba dejándose las cuerdas
vocales ese “Cause McFly’s here forever”,
lo cantaba sintiéndolo en lo más profundo de su bondadoso corazón, pero siempre
estaba ese “¿y si...?”. ¿Y si se daban cuenta, cuando empezaran a tener hijos,
de que no podían con todo? Una temporada sabática, un par de años sin giras,
sin CD’s, hasta que los niños estuvieran criados. Ese era su miedo.
Si
bien siempre había habido gran revuelo y diferencias de opiniones, no iban a
tardar en descubrir si la continuidad del grupo peligraba ante la llegada de
nuevos y nuevas GD’s a la familia.
El
primero en visitar al ginecólogo no fue Tom, como todo el mundo esperaba. Había
sido el primero en casarse, y era, de lejos, el más maduro de todos (ignorando
esas ocasiones en que su vena Disney le ganaba), por eso, casi todo el fandom
habría dado un brazo por asegurar que el primer McBaby tendría su sangre. Pero
se equivocaban.
Fue
Harry quién se llevó la palma.
Todo
el mundo tenía su atención centrada en esos kilos de más que parecía haber
cogido Giovanna algo más de un año después de la boda, y por eso la atención
sobre Izzy, que nunca había sido muy amplia, había decrecido un poco más. De
cualquier manera, la sorpresa fue mayúscula.
Harry
se levanta tarde ese día. Es veintipico de agosto de 2015 y, gracias a Dios,
está de vacaciones. Hace un par de días que han terminado los conciertos de la
época estival, esos que consisten en un par de festivales en hipódromos o en
varios descampados de toda Inglaterra y alguna que otra incursión en Brasil, y
está disfrutando de las horas de sueño de las que ha carecido desde principios
de junio.
Se
levanta tarde. Simplemente abre un ojo y ve que la cama está vacía y fría y que
el reloj de la mesilla de su mujer indica que son las doce menos diez de la
tarde, la hora de comer prácticamente, y bien sabe el cielo que Judd no se
levantaría si no fuera porque tiene un hambre voraz. Ni siquiera se ducha.
Sale
de la cama, busca a Izzy (para ver si con un poco de suerte, ésta ya está
preparando la comida), y se encuentra la casa vacía.
-
Joder...- se queja.- Me va a tocar a mí...
Arrastra
sus pies por la moqueta cuando la puerta de entrada chirría al abrirse con la
llegada de su mujer, y su rostro se ilumina. Lo que no sabe él es que se le va
a iluminar todavía más.
La
ve aparecer poco después en la cocina. Se encuentra sentado en una de las
butacas que hay junto a la encimera, y en primera instancia no se fija en el
enorme y marrón sobre que pende de la mano de su mujer, ni de la sonrisa
espléndida que decora su rostro.
-
¿Te acabas de levantar?- pregunta ella, viendo su pelo revuelto, y le besa en
los labios, conteniendo la buena nueva.
-
Que va... Llevo toda la mañana haciendo cosas...
-
Ya, en la cama, ¿no?
-
Soñar es importante para el ser humano- parafrasea.- Y comer también. Estoy
famélico, mira. Mira mis músculos, están desinflados.
-
Te toca cocinar a ti- le recuerda ella, tamborileando con los dedos sobre la
encimera y observando el puchero de su marido.- ¿Estás bien despierto?
-
Vale, sí, me acabo de levantar- admite, poniendo otra vez esa cara de
cachorrito para que no se enfade mucho con él.- Es que tenía mucho sueño.
-
No es por eso...
Y
Harry ve algo. Es un hombre observador, pero se acaba de levantar y simplemente
se ha lavado la cara (y sigue estando insoportablemente guapo), por lo que su
mente aún no trabaja a pleno rendimiento. Pero lo ve. Porque Izzy sonríe con
una luz distinta. No sabría explicarlo, pero lo ve.
-
¿Qué pasa?- inquiere ya preocupado, aunque una sonrisa no tiene por qué
significar nada malo, ¿no?
-
¿Seguro que estás despierto?
-
Que sí, sí. ¡¿Qué pasa?!
E
Izzy posa el sobre la encimera. Y Harry piensa que es el hombre más tonto del
mundo porque, ni siquiera cuando ha abierto ese sobre, y observado las
ecografías, ni siquiera entonces, es capaz de entender que va a ser padre. Que
va a ser padre por primera vez.
-
¿Esto qué es?- pregunta. En el fondo lo sabe, pero está en shock.
-
El ticket de la panadería, Haz. ¿A ti qué te parece?
Y
su mujer vuelve a sonreír de esa manera.
Ese brillo en sus ojos de gata. Y todo el sueño desaparece de la cabeza de
Judd. El primer McBaby está en camino. Y él empieza a llorar de alegría.
* *
*
Decírselo
a los chicos fue una ardua tarea. Estaban todos de vacaciones y no quería
comunicárselo por teléfono, por lo que tuvo que esperar más de dos semanas para
poder reunirlos a todos en el salón de su casa para darles la noticia. Para ese
entonces ya estaban en septiembre, y las únicas personas que sabían del estado
de Izzy era la familia directa, padres, abuelos y hermanos.
Reunió
a Tom, Danny y Dougie en su salón y les sirvió algo de beber, sin alcohol para
todos ellos.
-
A mi sin no me gusta- se quejó Jones
refiriéndose a su cerveza.
-
Pues te jodes- le espetó, sentándose a su lado y dejando que todos le miraran
un par de segundos. Cómo le gustaba la atención...
-
Bueno, ¿qué? ¿Te miramos un poco más o nos lo cuentas ya?- inquirió Dougie.-
Tengo cosas más interesantes que hacer que mirarte.
-
Lo dudo mucho- se jactó él, y se frotó las manos con nerviosismo.- Bueno, Doug,
esto igual tú no deberías escucharlo hasta los dieciocho años, pero...
-
Ja ja. ¿Por qué no te meterías a cómico en vez de a batería? – ironizó el
rubio, lanzándole un cojín a la cabeza.
-
Bueno, ya sabéis lo que pasa cuando mamá y papá se quieren mucho- Harry se
aguantó una risa, y Tom y Danny se miraron como si les estuvieran contando un
cuento chino.- Y cuando se quieren mucho, mucho
entre las sábanas, ¿qué pasa...?
-
¡Que les salen bolas!- saltó Danny, alzando el brazo como si estuvieran en
parvulitos.- Eso es porque las compras en el Tescos, si fueran de Ikea como las
mías...
-
¡Qué bolas ni qué bolas! ¡No son bolas!- suspiró.- A ver, cuando papá y mamá
juegan a los médicos por la noche...
-
Pero si el médico de cabecera cierra a las dos de la tarde...- añadió Tom,
mirando su reloj sin entender ni jota.
-
¡Que no es en un sentido tan literal, joder!- le pegó un trago a su bebida y
les miró a los tres a la cara. ¿Cómo podía ser que fueran tan tontos? – A ver.
El truco de la semillita, como cuando estábamos en el cole, ¿os acordáis?
-
Yo no.- interrumpe Danny.- No iba.
-
La profe nos daba una semilla y teníamos que meterla en un yogur con un trozo
de algodón...
-
¡No me digas que has plantado un manzano!- exclamó Dougie saltando del asiento.
Y
Harry dijo “basta”.
-
¡QUE VOY A SER PADRE, COÑO!
Y
los tres se quedaron sin habla durante un par de segundos, cruzando miradas
desconcertadas, boqueando como besugos, y mirando a Harry como si les hubiera
dicho que se iba a la Luna. Pero un minuto después, reaccionaron. En verdad
reaccionó Tom, que bordeó la mesa del té y se tiró contra su batería a darle un
abrazo de oso al tiempo que gritaba “¡TE
ME HAS ADELANTADO!”. Luego llegaron Danny y Dougie, algo menos efusivos
pero igual de desconcertados y felices. Harry iba a ser padre. Padre. De un
bebé. De un bebé que se parecería a él y que podría continuar la estirpe de su
padre y convertirse en un gran batería... Era emocionante con sólo pensarlo.
Le
felicitaron, le frieron a bromas sobre que se olvidara de dormir hasta que su
retoño estuviera en la Universidad o se independizara, chinchándole con los
miles de pañales que tendría que cambiar, etcétera, etcétera, etcétera. Y
cuando se calmaron un poco, sentados de nuevo en los sillones, con la alegría
de la noticia aún corriendo por sus venas, Danny añadió:
-
Oye, pero yo no he entendido lo del yogur. ¿El algodón para qué sirve?
Y
todos se echaron a reír.
* *
*
Las
cincuenta y dos semanas de embarazo habían sido modélicas, no había habido ni
un solo sobresalto, y la gestación había transcurrido de un modo perfectamente
normal. Y Harry estaba feliz, de hecho, daba palmas con las orejas. No había
habido sustos, ni había temido en ningún momento por la vida de su mujer o su
hijo. Y digo hijo, porque él estaba tan, pero tan convencido de que el bebé que
venía sería un niño, que ya había decorado toda su habitación con motivos
masculinos. No era como si le hubiera comprado la indumentaria del Arsenal,
aunque eso si lo había hecho, o le hubiera pintado las paredes de azul y
llenado las estanterías de coderas, rodilleras y tanques en lugar de Barbies,
muñecas o gomas para el pelo, pero tenía edificados en su cabeza los primeros treinta
años de su hijo pensando en él como un chico.
Habría
sido más fácil si no se hubiera negado a preguntarle al ginecólogo el sexo de
su hijo, pero su cabezonería propia de capricornio le aseguraba que el bulto
que tenía su mujer en el vientre, iba a ser un nuevo batería. Alguien a quien
poder enseñarle todo lo que él había ido aprendiendo a lo largo de su vida.
Cual
fue su sorpresa en el paritorio del Hospital Central de Londres cuando, nueve
meses después, un cinco de mayo de 2016, una niñita pelirroja, llorica y
ensangrentada, salía del vientre de su madre entre expectación e ilusión a
raudales.
Una
niña. Niña. No niño.
Harry
agarra la mano de su mujer con fuerza, con tanta que parece que quien está a
punto de dar a luz es él en vez de ella, y aprieta los dientes por
solidarizarse con la pobre Izzy, que suda la gota gorda despatarrada delante
del ginecólogo para traer al mundo a su primer hijo. Sin epidural, sin cesárea,
sin nada. Y duele, Dios santo, bien lo sabe ella que duele.
-
¡Empuja!- le apremia Harry. No se da cuenta, pero está exigiendo tonterías.
-
¡¿Qué te crees que estoy haciendo?!- le grita su mujer.
Y
Harry decide que él mejor se dedica a besarle la frente y secarle el sudor de
ésta y mantener la boca cerradita. Algo menos de media hora después, tras
muchos gritos, alguna que otra lágrima y dolor de la madre, la niña llora.
Llora básicamente porque acaban de darle un bofetón en el culo, pero llora, que
es lo importante, y desaparece de la vista de sus padres un instante después,
en volandas en los brazos de la comadrona.
Izzy
inspira profundamente y mientras las matronas hacen su trabajo allí abajo para
coser y limpiar lo que tengan que coser y limpiar, Harry la mira y ella le mira
a él. Y se echa a reír.
-
¡Pero no llores!
Está
llorando como un chiquillo que se acaba de torcer un pie jugando al fútbol. Las
comisuras de sus labios caen hacia los lados y su cara tiene un aspecto un poco
absurdo, pero las lágrimas caen imparables de sus ojos, mejillas abajo, hasta
morir en el suelo. Agacha un tanto la cabeza y besa a su mujer, y la besa y la
besa y la vuelve a besar, porque le ha hecho el mejor regalo del mundo.
Minutos
después, una enfermera vuelve con la niña en brazos, cubierto su cuerpecillo
por una mantita blanca y con su muñeca marcada con una pequeña pulsera en la
que se indica sus datos más básicos. Porta una sonrisa en su rostro, la
enfermera, la niña sólo boquea y abre y cierra los dedos de las manos y los
pies.
Izzy
improvisa una cunita con sus brazos, tratando de hacerla lo más confortable
posible para su primera hija y mira los párpados cerrados de su niña, deseando
que porte el azul eléctrico de su marido, que consiguió enamorarle hace años y
que le sigue enamorando cada día, aunque sabe que para ello tendrán que esperar
un par de meses. Los ojos son lo único que no cambia de tamaño en el proceso de
crecimiento, no así el color, que puede variar por la exposición al sol o la
alimentación hasta adoptar el color que portará para el resto de su vida.
Harry
contempla las mejillas rechonchas y llenas de venas violáceas de su hija,
mirando lo pequeña, vulnerable y frágil que es y lo patán que se siente a su
lado. Su pequeña y algo respingona nariz, las enanas uñas que cubren sus
deditos casi sin falanges diferenciadas y el modo en que boquea en un intento
de seguir succionando líquido amniótico grabándosele en la memoria como uno de
los momentos más únicos, mágicos e irrepetibles de su vida.
Extiende
una de sus manos, medio apoyado en la camilla de Izzy y la acerca a la cabeza
peluda y pelirroja de su hija, acariciando sus cachetes con cuidado de no
rozarle el cráneo hasta que éste termine de cerrarse, y resigue la línea de sus
poco definidos hombros hasta llegar a su mano izquierda. No le da tiempo a
apartarla y seguir con el reconocimiento, cuando su hija cierra con una fuerza
sólo propia de recién nacidos sus deditos en torno al gran dedo de su padre.
El
silencio que reina en el paritorio es testigo privilegiado del momento, de cómo
el fucking drummer, el bailarín y batería de aquél grupo que empezó cantándole
a una chica con cinco colores en el pelo, siente que un fuego cósmico y
universal coloniza todo su cuerpo con su dedo índice como epicentro del
fenómeno y sus ojos le sonríen a su mujer sin necesidad de decir una sola
palabra. Hay momentos que se explican por sí solos y este es uno de ellos.
* *
*
Izzy
es trasladada a planta algo más de una hora después, tras pasar los
reconocimientos y medidas necesarias para poder salir del paritorio, y aún con
su hija en brazos, se levanta por su propio pie de la silla de ruedas que la
enfermera ha ido arrastrando hasta el dormitorio porque su marido sólo puede
agarrar su mano derecha con la suya izquierda al tiempo que le berrea a su
madre a través del teléfono móvil que qué hace que no está allí con ellos ya.
Izzy sonríe, parece como si su marido ya tuviera miedo de que a su hija fuera a
venirle la regla y apenas si tiene una hora de vida.
-
Haz – le llama, una vez recostada en la cama de su habitación individual.- Tenemos
que inscribirla.
-
Ya, tranquila, yo me encargo. Mi hija no puede ir por la vida sin carné de
socia del Arsenal. No te preoc...
-
¡En el registro civil!- suspira, manteniendo un tono de voz bajo y relajado
para no despertar a la niña, que ya duerme a pierna suelta y acaricia sus
antebrazos como si fuera lo más delicado del mundo, porque la verdad es que lo
es.
-
Ah, claro, claro, también. Mañana iré con mi hermana, que ella ya tiene
experiencia.
-
Bien... Sólo una pequeña pregunta... ¿Cómo la vamos a llamar?
Harry
retira la mirada de su hija para posarla sobre su mujer. ¿Cómo puede ser
posible que no tengan nombre para la niña?
-
¿Es que no hemos tenido tiempo para pensar ninguno?
-
Claro que sí. Lo que pasa es que no me decido entre Christopher, David y
Jackson, ¿sabes? Creo que no van a... reflejar fielmente su personalidad,
¡porque resulta que es una niña y no un niño!
-
¿Eso es ironía?- pregunta él, aunque la respuesta sea obvia, y beso a su mujer
en la frente.- Yo había pensado en llamarla Emma.
-
¿Cómo a tu madre?
-
Hay miles de Emmas por el mundo, Izzy.
-
Una de ellas, tu madre- Harry asiente. En verdad no sabe si lo ha escogido por
su madre o no, simplemente, le parece un nombre bonito, elegante y moderno. Y
recordemos que Hermione se llamaba Emma en realidad. Motivo suficiente.- Está
bien- acepta Izzy.- Me gusta, suena elegante y austero.
-
¿Austero? No es para nada austero. Es... moderno.
-
Y austero.
Izzy
se ríe, aunque débilmente ya que la medicación para sobrellevar los dolores del
parto está empezando a hacer efecto.
La
puerta del dormitorio se abre tras un par de golpecitos suaves en la superficie
de madera y por ella aparece el flequillo rubio de un Tom Fletcher que, aunque
Harry no lo vea, guarda a su espalda un enorme ramo de flores y una ristra de
globos digna de un parque temático.
-
¿Se puede?- pregunta, con la sonrisa incluso en sus ojos marrones.
-
No, tío, no. No puede ser que vea tu geto antes que a mi madre en un día como
este- se queja Judd de broma.- ¿Es que no me voy a librar de ti en la vida?
-
Eso es un sí- sonríe Tom, abriendo la puerta y entrando los globos, con los que
tiene que pelearse en el marco y mostrándole a Izzy el enormísimo ramo, lo que
la hace sonreír espléndidamente.
La
pareja Fletcher se adentra en el dormitorio y la recién estrenada madre se pone
un dedo sobre los labios para indicar silencio ya que el retoño está durmiendo,
aunque eso no impide que tanto Gio como él se acerquen al niño cual amenaza
propia de una película de dibujos animados y empiecen a decir moñadas sobre el
bebé.
-
Tiene toda tu cara, Izzy- dice una Gio emocionada.
-
Y menos mal, porque si se llega a parecer al padre...- bromea Tom.- ¿Cómo le
vais a llamar?
-
Hemos decidido que Emma.- informa la madre.
Un
“disculpa, ¿qué?” se dibuja en la cara del cantante, que se incorpora para
mirar a su batería a los ojos.
-
Es nombre de chica...
-
Es que es chica...
Y
lo dice.
-
Disculpa, ¿qué?
Tom
tenía una idea estricta sobre el embarazo de Izzy. El retoño, naciera cuando
naciera, tenía que ser niño. Tenía que ser niño porque Harry no dejaba de
presumir del campeón que iba a tener como hijo, y de las ganas que tenía de
empezar a comprarle ya kits de baterías y toda esa parafernalia para que fuera
el mejor batería del mundo. Pero el hecho imprescindible es que tenía que ser
niño, no niña. Con la certeza de que lo que Izzy esperaba era un niño, la ágil,
imaginativa e impaciente mente de Fletcher había empezado a especular con un
McFly 2.0, una nueva versión del grupo pero con sus hijos como integrantes en
los que verter todos sus conocimientos musicales y poder continuar la estirpe
musical de Marty McFly por el mundo. Y ahora que mira bien a la niña de Judd,
por muy bonita que sea (por que lo es, es preciosa), todas sus ilusiones se van
al traste.
-
¿Cómo que niña?- inquiere como si fuera de la familia directa y le hubieran
informado de una negligencia médica.- ¡Nos dijiste que sería niño!
-
¿Qué más dará lo que sea siempre y cuando esté sana?- inquiere Gio sin entender
el enfado de su marido.
-
¡No da igual!
-
Oye, ¿podéis hablar en voz baja? Se está durmiendo la niña...- pide Izzy,
aunque en realidad la que se está durmiendo es ella.
-
Claro, Izzy, disculpa.
Tom
mira a su batería indicándole que salga de la habitación (para echarle la
bronca por algo que el pobre Harry no podía siquiera controlar) y Judd se
niega, cogiendo a su hija del regazo de una dormida Izzy y sentándose en la
butaca que hay junto a la cama para sostener a la niña no sin miedo. Le da
pavor que se le caiga y se le golpee contra el suelo y salga igual de tonta que
Danny.
Un
segundo después, Fletcher ya está con el Iphone en la mano haciéndole cientos
de fotos a Harry con su hija porque se acaba de dar cuenta de que es lo más
bonito que ha visto en su vida, después de su hermana interpretando a Eponine
en Les Mis, claro está.
-
Puede ser una batería chica- sugiere el padre, haciéndole monerías al bebé
aunque esté dormido.
-
Entonces no tomarán al grupo en serio- se queja acercándose a ellos y acariciándole
el moflete con el dedo índice.
-
¡No seas machista!- se queja Gio a su vez.- Una chica es tan válida como un
chico.
-
Eso díselo a los productores... Aunque teniéndonos a nosotros no los van a
necesitar, claro está. Pero no veo a una niña detrás de los platillos. Y mucho
menos yéndose de gira con los futuros e improbables hijos de Dougie y Danny.
Dios sabe las burradas que harían...
-
Dios, Tom, mi hija tiene dos horas, ¿y ya la estás emparejando con el hijo
no-nato y no concebido de Dougie?
-
En realidad estaba pensando en el de Danny. Como salga como el padre...
-
Saldrá peor, pero Ariel tiene dos dedos de frente.
-
¿Queréis dejar de meteros con vuestros amigos?- les riñe una Gio a la que en el
fondo toda esa situación le hace gracia.- Enhorabuena, Harry. Es preciosa.
Harry
asiente, diciendo que es normal que lo sea ya que ha salido al padre y la
habitación se sume durante unos segundos en silencio, dejando que el padre
repose un poco tras toda esa emoción y Tom les tome más fotos aunque ni siquiera
se han movido de postura. Tres minutos después, esa niña lleva más fotos que
McFly en toda su carrera.
Y
hablando de McFly, la puerta se abre con estrépito y por ella aparece un
sonriente Danny vociferando que...
-
¡¿DÓNDE ESTÁ MI SOBRINO?!
Y
un Dougie gritando a su vez un...
-
¡NO SE PARECERÁ AL PADRE NO!
Que
hacen que la niña se despierte y empiece a llorar a pleno pulmón.
La
puerta se cierra y ellos permanecen en la habitación, contemplando el lío que
han ocasionado a su llegada mientras la niña llora y llora, y Harry la mece sin
saber y le toma las manitas con la suya y le chista melosamente mientras mira
con odio a Danny y el pánico empieza a hacer mella en él porque no deja de
llorar.
-
¡Dios, ¿dónde se apaga esto?!- exclama en plena crisis.
-
Trae, déjamela- le pide Gio, tomándola en sus brazos con cuidado.- Tienes que
tranquilizarte y transmitirle calma. Los niños son muy sensitivos a las
emociones de los padres. Si te notan nervioso, se pondrán nerviosos también.
Sea
como sea, en los brazos de Gio, Emma deja de llorar. Los cuatro integrantes de
McFly la miran como si fuera un hada madrina y acabara de hacer magia y poco
les falta para llenar el suelo de babas y escurrirse con ella.
-
WOW- musita un Dougie estupefacto.
-
¡Tú!- le grita Harry a Danny en voz bajita apuntándole con un dedo y
acercándose amenazadoramente a él.- ¡Has hecho llorar a mi hija y tiene dos
horas!
-
¡Ha sido sin querer!- se excusa, escondiéndose detrás de Tom- Espera, ¿cómo que
hija?
-
¿No jodas que ha sido niña?- inquiere Dougie acercándose a Gio y levantándole a
la niña la mantita que le cubre buscando la evidencia.
-
¡Eh, las manos quietas!- Harry le pega un manotazo y deja que Gio siga
sosteniendo a Emma por miedo a despertarla.- Ha sido niña, se llama Emma.
-
Vaya, yo pensaba que sería niño, como no dejabas de repetirlo... No sirves ni
para follar- se burla el pecoso, ganándose una colleja.
-
Tu gozo en un pozo, Tom- añade Dougie, consciente de los planes de futuro que
Fletcher tenía para sus hijos.
-
Harry ha decidido que aunque sea chica puede ser batería también...
-
¿Sabéis lo que podríais hacer? Darle la enhorabuena y dejar que la niña escoja
lo que quiera ser cuando esté en edad de tomar decisiones- musita Gio en voz
baja mirando con enojo a los cuatro “hombres” que tiene delante.
Harry
recibe las felicitaciones y un par de minutos después, la habitación empieza a
llenarse de gente. Sus padres, sus hermanos, cuñados y sobrinos, todos
expectantes por ver al niño que resultó ser una niña pelirroja de nombre Emma y
que llegaba al mundo con una batería bajo el brazo en lugar de un pan. A fin de
cuentas, como dice el dicho, en casa del herrero...
JOOOLIIIIINNNN Bueno bueno, que poco te ha faltado para que dieras en el clavo con la vida real jajaja pero que cosa tan monaaaaaa!! Imaginate, una niña pelirroja de ojos azules tocando su primera bateria de plastico con tres añitos diciendo "como papi!" Oh dios, me he auto-matado hahahaha Espero que algun dia lleguemos a eso...:)
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