miércoles, 9 de octubre de 2013

6- Sobre cómo influye un buen desayuno a la hora de recibir una noticia.

Cuando Danny era pequeño (todo lo pequeño que se puede considerar a una persona a los diecisiete años) tenía un peluche que seguramente conservaba desde la infancia. Era un monito, haciendo honor a su dueño, y se llamaba Dylan. En cierta entrevista, el cantante había declarado que si en un futuro llegaba a tener algún hijo, quería llamarle Dylan. También había dicho que quería gemelos, pero eso ya no dependía de él sino de la genética.

El día en que le informaron que sería padre por primera vez en su vida iba sin afeitar, no había desayunado, y ni siquiera se había quitado las gafas de sol en la consulta del médico de cabecera de su mujer para ocultar las ojeras porque había dormido como el carajo de mal.

Y la culpa de todo era de Harry.

Era julio de 2017 y la pequeña Emma ya andaba, balbuceaba palabras y correteaba hasta caerse de boca contra el suelo, y se volvía a levantar riéndose como una descosida. Izzy y Harry llegaron a pensar que los mamporros que la niña se daba contra las alfombras, el parqué del salón, el mármol del cuarto de baño, el césped del jardín, o incluso contra alguna que otra pared si corría mirando hacia atrás, habían afectado a su capacidad cerebral. Era un pensamiento coherente. Durante los primeros años de vida, el cráneo aún no está del todo cerrado ni ha adquirido la dureza que precisará para siempre, y por eso, y porque en lugar de llorar la cría se dejaba los riñones riéndose, creían que podía estar un poco perjudicada.

Pero no. Sencillamente era una niña y tenía los huesos de chicle, como el pediatra les había explicado para tranquilizarles, diciéndoles a su vez que el hecho de que no llorara al golpearse ya decía mucho de su personalidad, adivinando a una niña fuerte, con carácter y que no se dejaría llevar por sensiblerías, de armas tomar, como su madre.

Y ese julio, cuando ya contaba con algo más de un año en su cuenta particular, fue ella misma quien llamó al timbre de la casa de su tío Danny, aupada en los musculosos brazos de papá, clavando su dedito índice contra el botón blanco como si quisiera quemarlo porque desde fuera no oía ningún sonido y no estaba segura de que las personas de dentro supieran que estaba fuera y fuesen a abrirle la puerta.

- Hija, que vas a quemar el timbre- le riñe Harry, agarrando su muñeca y apartándola del botón, haciendo malabarismos con los brazos para que su hija no se tire contra el interruptor como un kamikaze. Sólo le falta gritar “banzai” y lo bordaría.- Mira que eres bruta...
- A quién habrá salido... – murmura Izzy, recolocando la bolsa con las cosas de la niña sobre su hombro izquierdo bajo la mirada de lince de su marido.

Ciertamente, Emma es clavada a su padre. No se puede negar que sea suya. Tiene sus ojos. Pocos meses después de su nacimiento, el color que había empezado siendo un azul claro se transformó en un gris metálico con tintes violetas que pasó a convertirse en un azul eléctrico vivo y audaz. Conserva el pelirrojo, pero mucho más oscuro, casi como un castaño con reflejos cobrizos. Y tiene su nariz. Eso es indiscutible.

Finalmente, cuando Emma ha vuelto a tocar el timbre sin que su padre haya podido impedírselo, la puerta se abre y Danny aparece tras ella con su indumentaria dominguera aunque estén a miércoles.

- Heeeeeeey –saluda, cogiendo a la niña de brazos de Judd antes siquiera de que éste se la pase.

Emma cambia de brazos sin quejarse y acepta los sonoros besos con que su tío le llena las rechonchas mejillas, tronándole los oídos. La apoya mejor contra su antebrazo, dando un pequeño bote que hace reír a la pequeña y le hinca un dedo en la tripita, haciéndole cosquillas.

- ¿Y esto? – pregunta por fin, después de perder consentidamente la dignidad de hombre maduro con su sobrina. – Bueno, pasad.

Ríe, y se aparta de la puerta, dejando que los Judd pasen al recibidor y se adentren en su casa con Emma todavía en sus brazos, que le tira del cuello de la camiseta de algodón como si quisiera quitársela para poder palparle los tatuajes, algo que siempre hace cuando está con él.

- ¿Y Ariel?- pregunta Izzy cuando toman asiento en los sillones del salón.
- Arriba, en mi estudio. No sé por qué le instalo uno a ella si luego siempre usa el mío.
- Porque eres un racano – se mete Harry, recostándose contra los cojines como si estuviera en su casa.- Le pusiste una mierda de aislante y le diste tu micrófono antiguo.
- Será una pieza de coleccionista cuando me muera, ¿sabes? Debería apreciarlo.
- ¿Por qué no la llamas? Queremos proponeros una cosa.

Danny sospecha, pero obedece. Siempre suele obedecer a Harry, por muchos años que pasen. Se quita a la niña de encima, que sigue con su cruzada contra la camiseta, y se la deja a Izzy, dándose cuenta en ese momento de que porta con ella una mochilita enorme.

Un par de minutos después, Ariel baja rauda y veloz las escaleras, con esos pasos livianos y casi saltarines tan suyos mientras su marido va a la cocina a por algo de beber.

- ¡Pero a quién tenemos aquí! – exclama, cogiendo de nuevo en brazos a Emma. En esta ocasión, la niña no trata de quitarle la camiseta, sino que se entretiene con el color fuego de su pelo y le arranca de cuajo las gafas de pasta verde de miope que sólo lleva cuando no la ve nadie y que ha olvidado quitarse.- Eh, las gafas no, las manos quietas.
- ¿Y Danny?
- Buscando posavasos. Ya sabes lo maniático de la limpieza que es.
- Maniático soy yo- contradice Harry.- Él es un vago que no quiere limpiar.
- También- Ariel sonríe y le hace cosquillas a Emma, sentándola en sus rodillas e imitando la cancioncita del caballo.- Al paso, al paso, al paso...

La verdad es que casi todos los adultos pierden la dignidad con los niños pequeños.

Danny reaparece en el salón cargado de vasos, posavasos y una botella de Nestea de limón, y lo sirve para la visita sorpresa.

- Bueno, tú dirás- le indica al batería, que le dedica una mirada a Izzy para que sea ella la que hable, pero ésta se lava las manos. Así que es Harry el que lo hace.
- ¿Podéis quedaros con Emma esta noche?

Y el vaso que Danny tiene en las manos termina en el suelo, salpicándolo todo de Nestea de limón.

- ¡Danny!- le riñe Ariel. – Lo vas a limpiar tú.
- ¿Cómo que quedarnos con ella esta noche? Define “esta noche”.
- Tenemos una cena esta noche- informa Judd.- Con unos amigos de Izzy, violinistas. Se van a casar.
- Lo que les espera... –murmura Jones, ganándose un cogotazo de su mujer.
- Y obviamente, no podemos llevar a Emma con nosotros. Habíamos pensado que podíais quedárosla toda esta noche y así de paso tendríamos algo de privacidad, que desde que nació no hemos tenido ni un momento para nosotros solos. Pasaríamos a por ella mañana después de la hora de comer, así que no llegaría siquiera a un día completo. Os hemos traído los pañales, el chupete, pero no se lo deis si llora, que se malacostumbra, ropa limpia y todo eso...
- O sea... Que no podemos negarnos.
- Podéis, claro que podéis- asiente, y sentencia.- Pero no lo vais a hacer.
- Manda huevos. ¿Me tengo que quedar yo con tu hija porque a ti te apetezca echar un polvo?
- Daniel- le riñe de nuevo Ariel.
- Pero si es que sabes que yo no sé cuidar de un crío. ¿Y si le da fiebre? ¿Y si empieza a llorar y no se calla? ¿Y si se ahoga y se pone morada y se me muere y este animal me mata?
- Claro, ¿y si viene Marty McFly y se la lleva al futuro y olvida traerla de nuevo? No seas tan fatalista, es una niña, no un viejo con cataratas. Harry - mira a Judd, que sabe de antemano cual va a ser la respuesta de la pelirroja-, nos la quedamos, podéis iros tranquilos.
- Ari, ¿podemos hablar un momentito?

Señala el pasillo que conduce a la cocina con la cabeza y su mujer bufa, soltando otra vez a Emma, que al final va a terminar mareada de tanto cambiar de brazos, y sigue la desgarbada figura de Danny.

- ¿Qué te pasa, neuras?
- No podemos quedarnos con la niña. –y antes de que ella replique, le explica porqué.- Joder, Ari, que no tengo tiempo ni para respirar con el CD y entre que me quitas el estudio cada dos por tres y esto... Tengo que mandar la pista de la canción a Jason el viernes y ni siquiera he empezado.
- Pues pídele más tiempo. Eres tú el productor del grupo, tú fijas los plazos.
- Llevo retrasando los plazos dos semanas – se queja.- Y las fans ya se están calentando porque volvemos a hacer tres años sin sacar un maldito trabajo. ¿Y encima tengo que quedarme con Em?
- Bueno, pues enciérrate en el estudio, que ya la cuidaré yo. Harry te está pidiendo un favor. Además, tú lo has dicho, has retrasado ya los plazos dos semanas, por otra más no te va a pasar nada.
- Oh, disculpa, que a ti sólo te importa tu carrera...
- Mira, vamos a dejarlo. Em se queda, tú haz lo que quieras.

Harry terminó por sentirse culpable. Había recurrido antes a Tom y Gio, pero teniendo ellos ya a Alb(us)ert no quería cargarles más presión con más niños a su cargo. Además, cuando Emma y Alb(us)ert se juntaban, temblaba todo Londres. También había pensado en Dougie, pero estaba metido de lleno en los “preparativos” de su “boda” con Lara y no consideraba oportuno encasquetarle ya a un crío que pudiera disuadirle negativamente de tener hijos en el futuro. Y en sus padres. Y en los de Izzy. Y en sus hermanos, pero todos estaban o demasiado lejos o demasiado ocupados. De hecho, no quería dejar a Em con Danny porque sabía que algo así ocurriría. Y aunque Jones y Ariel se hubieran retirado a la cocina para hablar, lo cierto era que lo había oído todo. Sabía lo agobiado que estaba Danny con el séptimo álbum, y la presión que caía sobre sus espaldas. Las canciones llevaban semanas grabadas pero el trabajo no estaba terminado y las fans estaban más que impacientes. Habían prometido el CD para la segunda semana de agosto y julio estaba acabando muy negativamente ya que, aunque Danny apenas veía la luz del sol por montar las pistas, parecía que no avanzaba. Era un trabajo cuidadoso y lento, y hacerlo deprisa y corriendo para cumplir los plazos era algo inadmisible. El trabajo bien hecho, bien parece, y las fans no se merecían un álbum chapucero. No más decepciones después de Above The Noise.

Por eso, cuando regresaron al salón, Ariel sonriendo falsamente y Danny con un gesto indudable de agobio en su pecoso rostro, Harry sintió que debía haber dejado a Emma con Tom y Gio.

- Oye, que si no podéis quedaros con ella, da igual – salió en rescate Izzy. – Avisaremos de que no podemos ir y...
- No os preocupéis.- terció Ariel.- ¿A qué hora habéis dicho que volvéis a por ella?

Cuando la puerta se cierra tras la espalda de Judd, Danny suspira. Mira el reloj, comprobando que son algo más de las ocho de la tarde-noche, y dirige una mirada a su mujer y su sobrina, que canturrean algo de camino a la cocina porque habrá que dar a la pequeña de cenar.
Sigue a las dos mujeres pero se queda en el marco de la puerta, viendo cómo Ariel sienta a Em en la encimera (como si fuera una versión mini de sí misma) y comienza a preparar algo de pasta al dente con trocitos de carne.

- ¿Te ayudo?- se ofrece, mirando la nuca de su sirena.
- Déjalo.
- Ari...
- Que lo dejes. Vete al estudio y termina la maldita canción, no vaya a ser que tus fans me cojan más manía aún por no dejarte hacer tu trabajo.

No es ningún secreto que una generosa parte del fandom no acepta ese matrimonio. Tampoco es ningún secreto que tanto a Danny como a Ariel les importa una mierda, pero es algo que está ahí. Tampoco terminan de aceptar a Lara, y alguna otra todavía osa odiar a Gio, pero ella se lleva la palma. Porque está con Danny Jones, porque Danny es sólo para ella y ya no es un bien público. Y porque aunque cueste creerlo, Danny le es fiel. Como un perrito. Para ponerle los cuernos con cualquier fresca no se habría casado.

Pero el CD es importante. Desde que publicaron el sexto a finales de 2013, que fue un éxito tan rotundo como merecido, no han vuelto a sacar nada nuevo. Algún que otro single, algún que otro videoclip, pero nada físico, nada que las fans puedan tactar con sus manos y guardar como oro en paño en una estantería. Se repite la misma historia una y otra vez, y los mismos miedos vuelven a salir a la luz. Por ambas partes. Los chicos tienen miedo de que las fans se olviden de ellos por no publicar nuevos trabajos en tanto tiempo, como ya les pasó tras Radio:Active y tras Above The Noise, y que otros grupos emergentes les roben el puesto que les corresponde por méritos propios en la historia de la música anglosajona. Y en el otro lado del ruedo, ellas también tienen sus temores.
Ahora todos están casados, Dougie entre comillas, pero lo estará en un par de meses, e incluso dos de ellos ya tienen hijos. Y el álbum no llega. Todo lo que las GD’s obtienen son “muy pronto”, o “estamos trabajando en ello”, o similares que no les sacia y les hace sentir engañadas. ¿Y si no existe ese álbum? ¿Y si el trajín de los hijos es demasiado para ellos y no son capaces de poner todos sus sentidos en su trabajo teniendo gremlins de medio metro correteando de un lado para otro? Si lo piensas, todo tiene su lógica.

Como también la tiene que Danny se enfade, mande a la mierda mentalmente a su mujer y suba a zancadas al estudio mientras ella se arrepiente un poquito, pero sólo un poquito, de haber sido tan brusca con él. Sin embargo, no le busca para pedirle disculpas. Simplemente se voltea, mira a Emma, que a su vez observa la pelea con ojos curiosos, y sonríe a su sobrina fingiendo que no pasa nada.

- Ven, cariño. Vamos a cenar.

Cuando Danny vuelve a bajar del estudio, cerca de las diez y media porque le rugen las tripas de hambre, la cocina está desierta. Por el contrario, encuentra a las dos pelirrojas en el sofá del salón, Emma completa y profundamente dormida en el regazo de una también adormecida Ariel, con el DVD de Los Pitufos expulsando imágenes azules en la televisión de plasma, Barney Stinson fingiendo dar paraguazos a diestro y siniestro a uno seres enanos mientras la mujer de Will Schuster dice que son adorables. Qué pequeño es el mundo...
Pero lo que absorbe toda su atención es el gran parecido que su sobrina guarda con su mujer. Salvo los ojos, podría pasar por hija suya. Vale que Ariel sea pelirroja teñida y la cría sea natural, pero sus tonos de pelo y piel son tan similares que podría resultar sospechoso. Y verlas allí, dormiditas la una contra la otra, hace que todo el enfado que pudiera tener desaparezca como por arte de magia.

Piensa en despertar a su mujer, al menos para llevar a la niña arriba, pero opta por dejarla dormir a ver si así a ella también se le va el mal genio. No obstante, agarra su muñeca derecha para levantarla de encima de las piernecitas de Em para ser él mismo quien acueste a la niña en el dormitorio de invitados. Incluso en duermevela, Ariel detecta ese movimiento y su instinto actúa, haciéndola cerrar pétreamente los brazos en torno al cuerpo de su sobrina, como si quien quiera que sea que se la quiera quitar sea una amenaza.

- Soy yo- le dice Danny en susurros, manteniendo el intento de coger a Em.- Se ha dormido, voy a llevarla arriba.
- ¿No estabas en el estudio?
- Me moría de hambre.

Ariel suspira porque su marido sólo da su brazo a torcer cuando tiene hambre. Se pasa una mano por los ojos, todavía algo confusos, y mira a Em, que sigue dormida, mientras Danny se sienta a su lado en el sofá y le quita a su sobrina las pequeñas deportivas de Adidas, que aunque sean mucho más pequeñas que su propia mano, son caras como el que más. Las reposa sobre la mesita del té pero deja sus manos en torno a los enanos tobillos de la pelirroja menor, su mente elucubrando una disculpa para su esposa.

- Ari...
- Pasta. Y si te apetece, te haces un huevo- interrumpe ella.
- Iba a pedirte perdón. Por haberme metido con tu carrera. Sabes que no me gusta que estemos enfadados.
- Dan, no es eso- contradice ella. – Ya sé que sabes que me importa tu carrera tanto como la mía.
- ¿Entonces?
- ¿Qué vamos a hacer cuando tengamos hijos?- expone, toda la conversación desarrollándose en susurros para no despertar a la peque.- Cuando se pongan malos, o empiecen a llorar sin motivo. ¿Los vas a mandar con tu madre o tu hermana porque no te dejan trabajar? Emma puede servirnos de ensayo.
- Ni que fuera la Oveja Dolly, Ari. Es una niña, no un experimento.
- Y si no eres capaz de aguantar un solo día con ella, ¿cómo vas a aguantar toda una vida con un hijo propio?
- ¡Dios, ni que los fuéramos a tener ya!

Ariel se calla. Se calla y peina con sus dedos el flequillito de Emma, y le acaricia la mejilla con delicadeza, la caja torácica de la niña subiendo y bajando a un ritmo constante y sus labios abiertos, sumida en su propio sopor.

Y Danny ve cómo toda su vida pasa delante de sus ojos como si se fuera a morir.

- Dime que no...- suplica.
- No- espeta.- ¿Pero y si fuera que sí? Es un buen momento para nosotros, llevamos tiempo casados, tenemos trabajos estables y aún somos jóvenes. ¿A qué quieres esperar? ¿A los cuarenta?
- Ari, cojones, no es un buen momento para nada.
- No levantes la voz que la vas a despertar.
- ¿Quieres tener un hijo ahora?- inquiere, sin hacer ni caso a su advertencia.- De acuerdo, tengamos un hijo. ¿No tenías que ir mañana al médico a que te repitieran la prueba de la anemia? Pues preguntémosle cuál es el mejor método, o directamente follemos como conejos toda la noche. ¿Te parece? Así el niño nacerá cuando yo esté en plena gira con el séptimo álbum, en caso de que pueda conseguir terminarlo de una puta vez, y tú en Australia grabando el tuyo. A ver cómo cojones criamos así a un maldito niño.

Emma termina por despertarse en medio de una estridente llantina y Ariel bufa, comenzando a mecerla mientras clava sus ojos verdes en la mirada llena de incredulidad, enfado e impotencia de su marido.

- Antes no eras tan desagradable- le espeta, poniéndose en pie con la niña en brazos y subiendo a la planta superior para acostarla en la cama del dormitorio de invitados.

Le cuesta un triunfo conseguir que deje de llorar y se duerma, contagiándole casi a ella el llanto, a una mujer hecha y derecha de casi treinta años. La cambia de ropa, le pone el pijama y la tumba en el centro de la cama de matrimonio, rellenando los laterales con otras dos almohadas que hagan una especie de fortaleza para que no se caiga al suelo ya que, como cabía esperar, no tienen una cuna en casa. Y cuando por fin deja de llorar, quien comienza a hacerlo es ella, recordando la pelea del salón minutos antes.
Tiene que reconocer que Danny tiene razón, no es un buen momento, pero no puede callar a su instinto maternal. Lleva meses llamándola, y ver que todos sus amigos van teniendo hijos no ayuda en absoluto. Y vale, sí, en nueve meses McFly estaría metido de lleno en una gira, no sólo nacional, sino probablemente también europea, americana y latina, y ella al otro lado del mundo, en los estudios que su discográfica tiene en Australia para grabar las canciones que conformarán su cuarto álbum. Y vale, sí, quizás ella se haya equivocado comunicándole así su deseo de convertirse en madre, pero lo que no puede negar nadie es que Danny también podía haberse mordido un poco la lengua.
Y a pesar de todo, no llora por tristeza, o por cómo le haya hablado su marido. Llora por impotencia y porque se siente tonta. Como si necesitara a un hombre a su lado para todo cuando no es así.

Finalmente, suspira, apagando la luz del dormitorio, y comprueba que son las once menos diez de la noche. Cuando baja de nuevo a la cocina, Danny está haciendo la cena en perfecto silencio, sin bailar, sin jugar con las sartenes como si fuera un gran chef y sin haber encendido la radio para tararear lo primero que saliera en los canales. Huraño, con una arrugita en su entrecejo cuando da la vuelta al filete y le coloca en el primer plato y lo baña con un poco de salsa.

- Toma- le dice a Ariel con voz huera, tendiéndole el plato, que además lleva una especie de ensalada basada en lechuga y patatas fritas.
- No tengo hambre, voy a tomar sólo un yogur.
- Toma- insiste.- Mañana te sacan sangre y tienes que ir en ayunas. No te vas a acostar sin cenar.
- Deja de sonar como si fueras mi padre, ¿vale?
- Entonces aprende a cuidarte solita.

Vuelve a suspirar, como siempre hace antes de comenzar otra pelea y coge el plato con tanto ímpetu que parece que va a estrellarlo contra la cristalera del ventanal, pero no lo hace. Ni siquiera se sienta a la mesa. Coge los cubiertos, una botella de agua, y se lo lleva al salón para poder cenar sola ante la estupefacta mirada de Danny, al que se le está quemando el segundo filete.

- Bruce, dame paciencia –murmura él, rezándole a su dios particular.

La noche termina mal, ambos dos metidos en la cama de matrimonio, tapados con una fina manta para combatir la fresca que cae por la noche, espalda contra espalda contemplando cada uno la oscuridad de su lado correspondiente. Las luces llevan minutos apagadas y Emma lleva horas sin llorar, señal de que duerme como un lirón y que a la mañana siguiente se despertará como una moto llena de energía.

- ¿A qué hora tienes mañana la cita?- murmura Danny fingiendo indiferencia.
- ¿Qué más te da? – contesta ella, casi como si estuvieran en un partido de tenis.
- Preguntaba.
- A las nueve y media.
- Ah.
- ¿Acaso me vas a acompañar? ¿Vas a salir del estudio para acompañar a tu mujer? WOW.
- Buenas noches.

No son buenas, pero son noches, y ambos terminan por dormirse hasta que el despertador de Ariel comienza a sonar a las ocho y media, tan ensordecedor que parece querer despertar a toda la casa. Lo apaga de un golpe, tirando el teléfono móvil y el libro de cabecera al suelo y resoplando, los pelos que le caen por la cara volando un par de segundos por los aires.

- Cago en la puta- espeta mientras hace la primera flexión del día, sentándose sobre la cama y dejando que la sangre le bombee todo el cuerpo.

Se levanta como una zombie, habiendo dormido sólo ocho horas, y acude al baño con movimientos arrastrados hasta tragarse casi la mampara, pero consigue ducharse sin perder un miembro en el intento. Cuando sale de la cabina, envuelta en una toalla, chorreante y un poco más despabilada, su visión periférica atina a ver a un Danny aún más dormido que ella sentado en la taza del váter, con la barbilla apoyada en la mano izquierda y los calzoncillos por los tobillos. La imagen más erótica de su vida, nótese la ironía.

- ¿Qué haces levantado? – le pregunta, limpiando el vaho del espejo y recogiendo su cepillo de dientes. Él sólo balbucea y gruñe un “gvghnmmgñgñkmmbjkgñssg” y sigue a lo suyo.

Cuando termina, se sube la ropa interior sólo para volver a bajársela y quitársela y entrar también a la ducha. Algo así como cinco minutos después, sale sacudiendo la cabeza en todas direcciones como si fuera un perro, expulsando gotitas de agua que van a parar a los azulejos y pasándose después esas enormes manos por el pelo, sin taparse y sin tapujos. Su mujer mira su reflejo en el espejo, restregando las cerdas del cepillo contra los dientes y carraspea y parpadea para dejar de comérselo con la mirada. Jamás entenderá cómo lo consigue, cómo pasa de estar legañoso, adormilado y sudado por el calor de la cama, sentado a la taza del váter hecho un ocho sobre sí mismo, a salir cinco minutos después de la ducha convertido en un dios olímpico.

- ¿Tienes hambre? – pregunta Danny, cogiendo también su cepillo.
- Tengo que ir en ayunas, ¿no te acuerdas?
- Lo digo por mí, me siento amenazado- bromea. – Deja de violarme con la mirada.

Ariel escupe la pasta de dientes, se enjuaga la boca y alza una ceja, apoyando la cadera contra el mármol del lavabo.

- No necesito la mirada para violarte, cariño- sisea, paseando su dedo índice por el contorno de su espalda pecosa, entre los omóplatos, hasta llegar al trasero, donde da un pequeño pero firme cachete que resuena en todo el baño.
- Eso suena prometedor...
- No me líes, que al final llego tarde- agarra el otro cepillo, el del pelo, y comienza a deshacer los nudos que el agua ha creado en su melena, controlando por el rabillo del ojo los movimientos de su marido, que parece que se ha levantado juguetón ya que se acerca a ella (y recordemos que sigue desnudo) y comienza a llenarle el cuello y la nuca de húmedos besos hasta que se topa con la toalla, la cuál termina por tirar al suelo y seguir ese caminito hacia abajo, haciendo cosquillitas con su incipiente barba.- Danny...
- Calla, que estoy ocupado.
- Que me vas a hacer perder la cita...
- Que nos esperen.
- Espera...- se gira, desnuda también, y le agarra del brazo para que se incorpore y deje de mirarle el culo y le mire a los ojos.- ¿Vienes conmigo?
- ¿Qué te crees que voy a pintar levantado a las nueve menos cuarto sino?
- ¡¿MENOS CUARTO?!

Recoge la toalla del suelo y se envuelve de nuevo en ella para salir del baño como un rayo en dirección a su vestidor. Hasta la consulta le esperan más de quince minutos de conducción y aún está desnuda.

- ¡Encárgate tú de Em, porfa!- le grita desde el armario, buscando una falda que convine con la blusa escogida.

Danny niega con la cabeza, reflexionando sobre que eso era algo que ya se esperaba, a pesar de que su mujer hubiera sido la que se había comprometido en cuidar de la niña, y de vuelta al dormitorio se pone unos calzoncillos limpios y nos pantalones vaqueros y se encamina al dormitorio de invitados, encontrando la cama vacía, las almohadas en el suelo y las puertas del balcón abiertas.

- ¡Ay mi madre! - murmura, precipitándose hacia ellas.- ¡ARIEL! ¡ARIIII!

Y asusta. En ese momento lo único en que su cabeza es capaz de pensar es en qué quiere que le pongan en la lápida cuando Harry le mate con sus propias manos por haber perdido a su hija.
Ariel llega al dormitorio golpeándose con los marcos de las paredes, la falda retorcida y la blusa mal cerrada, los ojos tan abiertos que parece que se le van a salir de las cuencas.

- ¡¿Qué pasa?!
- ¡La niña! ¡Que no está!
- ¿Cómo que no está?- contempla la cama vacía y las sábanas por los suelos y el corazón se le sube a la garganta.
- ¡QUE NO ESTÁ! ¡HARRY ME MATA! ¡DIOS, TE DIJE QUE NO NOS LA QUEDÁRAMOS! ¡QUE YO NO VALGO PARA CUIDAR A UN CRÍO!
- Dan, calla un momento, tranquilízate.
- ¿CÓMO ME VOY A TRANQUILIZAR? ¡ME MATA, ES QUE ME MATA! ¡DE ESTA NO SALGO VIVO!

Ariel decide que por el bien de los dos lo más acertado es mantener la calma y buscarla por toda la casa, ignorando en la medida de lo posible la razón que tiene Danny. Harry le va a matar.

- Voy a buscarla en esta planta, tú ve a la de abajo.

Dicho y hecho, el torneo por ver quién encuentra antes a Emma da comienzo, con el reloj rozando las nueve menos cinco. Ariel recorre dormitorios, baños, el estudio de esa planta, el gimnasio de Danny, el cuarto de la plancha e incluso mira dentro de los armarios por si acaso, pero ni rastro de la niña.
En la planta de abajo, Danny rebusca en la cocina, en el salón, en el armarito de los abrigos...Tampoco.

- No habrá salido a la calle, ¿no?
- Habría saltado la alarma- inquiere la pelirroja, sudando la gota gorda. – La dejaste puesta anoche, ¿verdad?
- Sí, claro, la pongo todas las noches antes de irme a la cama. Vamos eso creo. Tuve que ponerla... ¡DIOS, NO LO SÉ!

Y entonces, se oye un ladrido. Ninguno de los dos ha recaído en el hecho de que, en esa búsqueda desenfrenada, tampoco había rastro de Bruce, que siempre suele estar tirado por los pasillos o la cocina viviendo la buena vida. Y el sonido llega desde el mismo dormitorio en que Emma se encontraba.

Casi pegándose el uno al otro, ascienden de nuevo a la habitación para encontrarla tal como la habían dejado, salvando el balcón, el cuál habían cerrado por si la niña aparecía de la nada y se le ocurría practicar paracaidismo por la ventana pero sin el paracaídas.

Un nuevo ladrido, procedente de debajo de la cama. Danny y Ariel comparten una mirada cómplice y es él el que realiza el cuerpo a tierra tirándose al suelo como si estuviera en el Kosovo en plena guerra yugoslava. Sus dedos agarran la sábana, alzándola casi con miedo de lo que pueda encontrar bajo ella, y sus ojitos contemplan cómo Emma, tumbada debajo del corpachón del perro, recibe los lametazos que éste le deja por toda la mejilla y parte de la oreja. ¿Será posible que hubiera estado allí todo el tiempo?

- ¿Pero qué haces debajo de la cama?- le pregunta a la niña, como si ésta fuera a responderle. Emma sólo le mira, riéndose por los lametazos de Bruce, y Danny suspira, estirando los brazos hacia ella. No obstante, como buena Judd, le ignora y comienza a gatear hacia el lado contrario, seguida por el perro. – Em, bonita, que llegamos tarde al médico.
- ¿Está ahí debajo?- inquiere Ariel, casi riéndose.
- Sí. Cógela, que va hacia ti.
- Dan, que no es una pelota de tenis.

Pero se agacha ella también y saca a la cría de debajo de la cama, con el pijama sucio de restregarse por los suelos hasta que toda su falda y camisa terminan tan manchadas que parece que quién ha retozado por ellos ha sido ella.  Y el tiempo parece hacerle “tic, tac, tic, tac” en los oídos porque una miradita rápida al reloj de pared le indica que son las nueve y veinte y ya llega tarde al médico.

- ¡Me cago en la p... Jobar!- exclama, aguantándose las palabrotas para que Emma no las aprenda antes de tiempo y se la pasa a Danny con prisa.- Ya llego tarde, coño.
- Oye, pero que no he desayunado- salta el otro.
- Ni te has vestido. Ni has vestido a la niña. Quedaros aquí, voy yo sola.
- De eso nada.

Y así es cómo tienes a Danny Jones contorsionándose en el asiento del copiloto de su Audi A3 conducido por Ariel, que se pasa casi 30 km de la velocidad permitida, tratando de meter los brazos por las mangas de una camiseta oscura. ¿Resultado? Termina por colocarse la camiseta del revés. Bueno, al menos dicen que da buena suerte.

Siete minutos más tarde, los tres están entrando a la consulta del médico. Emma (correctamente vestida con la ropa que su padre le dejó la noche anterior) se ríe de no se sabe qué sentada en el carrito que Danny arrastra por los impecables baldosines hasta llegar frente a la enfermera-secretaria que regula el flujo de pacientes, mientras Ariel fija sus ojos en la etiqueta que Jones va mostrando a todo el que se fije.

- Te la has puesto al revés, gili- le dice.
- ¿Sabes qué significa esto, no?- inquiere él, sentándose en una de las sillas de la salita y robando un par de caramelos de colores.

Y sí, Ariel lo sabe.

Se sienta a su lado, sacando la cartilla del bolso y abanicándose con ella, observando a la hija de Judd, que intenta quitarse el zapato sin mucho éxito. Y suspira, pensando que Danny tiene razón. No pueden tener niños ahora. Apenas si han madurado ellos como para traer a más gente al mundo de la que tener que ocuparse y preocuparse las veinticuatro horas del día. Sólo han pasado un par de horas con la niña de los Judd y ya la han extraviado, un perro la ha lamido de arriba abajo y han tenido que vestirla y darle de desayunar en menos de cinco minutos. El premio a mejores padres del año no se lo iban a llevar, eso estaba claro.

Pero el destino tenía preparada otra cosa.

La enfermera-recepcionista les indica que la doctora les espera y Ariel se pone en pie, dejando que sea Danny el que arrastre el carrito adentro aún sin haberse quitado las gafas de sol siquiera. A veces tiene complejo de Pitbull, no se las quita ni sobre los escenarios.

De cualquier modo, después de las rigurosas presentaciones, ambos se sientan en los sillones pajizos que hay frente al escritorio de la doctora e intercambian trivialidades sobre qué tal les ha ido esa semana desde su última visita. Y entonces coloca un informe sobre su mesa.

- ¿No tenían que repetirme la analítica?- pregunta Ariel, que ya se estaba preparando para tenderle el brazo.
- No va a ser necesario- inquiere la médica, esbozando una de esas típicas sonrisas tan de médicos.
- ¿Entonces para qué estamos aquí?- salta Danny, moviendo el cochecito de Em para que deje tranquilos los marcos de fotos que hay sobre el escritorio.
- Bueno, creíamos que su esposa tenía anemia.
- Tengo anemia- corrige Ariel.
- Pero no la tiene- continúa ella.
- Genial entonces, ¿nos vamos? Estoy sin desayunar.
- Danny... – le regaña su esposa.- Y si no tengo anemia, ¿qué tengo entonces?
- La anemia es, por regla general, una baja concentración de hemoglobina en sangre. La que se refiere a la falta de hierro se llama anemia ferropénica, que es la que pensábamos que tenía usted, y es muy frecuente en las mujeres en edad fértil, como usted.

Danny no está seguro, porque no ha desayunado y no le llega bien el riego a la cabeza, pero podría asegurar casi al 100% que la doctora ha alzado las cejas al decir “edad fértil” y que ha hecho una pausa dramática después de ejemplificar todo aquello asemejándolo a Ariel. Pero su mente sólo es capaz de repetir “edad fértil, edad fértil, edad fértil” como una condena.

- ¿Qué tiene que ver la edad fértil con la anemia?- cuestiona un Danny completamente perdido.
- Que es muy frecuente en mujeres en edad fértil debido a las perdidas periódicas de sangre durante la menstruación.

Y ahora sí, puede jurar que ha alzado las cejas al decir “menstruación”.

- ¿Hace cuánto que no le viene la menstruación?- le pregunta ahora directamente a Ariel, esbozando una sonrisa casi amable con las manos entrelazadas sobre la mesa. La pelirroja boquea, mirando a su doctora y a su marido, y a la ventana, por si acaso tiene que tirarse por ella.
- Pues... ah... Pufff...
- ¿Seis semanas, puede ser? Es decir, dos meses.
- Pensaba que era por la anemia...

La doctora se ríe, mira a Emma y vuelve a sonreír sin recalar en el hecho de que tiene en su despacho a un hombre maduro de treinta y tantos años que se está poniendo preocupantemente blanco.

- Me alegro de comunicarle que no tiene usted anemia- vuelve a mirar a Emma, que sigue ofuscada con las fotos, y les tiende el informe.- Van a poder darle un hermanito a esa preciosidad.

Probablemente, si Danny hubiera desayunado, no se habría desmayado, pero teniendo en cuenta que incluso ha salido de casa desnudo y ha tenido que vestirse en el coche... es mucho pedirle al pobre. Así que se cae redondo al suelo.

Cuando vuelve en sí, Emma sigue riéndose como una descosida porque su tío se ha caído de la silla y ha dado con la cabeza en el suelo. La enfermera de fuera le está sujetando la cara contra su tripa mientras Ariel le abanica con el informe que les acaba de convertir en padres y la doctora le busca las pupilas con una linternita.

- ¿Está usted bien?- inquiere. Danny parpadea, encontrándose con dos pares de ojos verdes ante sí, entre ellos los de su mujer, mientras oye las risas de su sobrina a lo lejos.
- Es mi sobrina- explica, sin saber bien qué está diciendo.
- ¿Cómo dice?
- Es nuestra sobrina, no tenemos hijos- interviene Ariel, la cuál no ha podido ni digerir la noticia.
- Bueno, ahora ya si- repone la doctora, incorporándose y volviendo a su silla. Danny sigue blanco, sigue oyendo a Emma reírse, sigue mirando los ojos verdes de su mujer, unos ojos que parecen decir “te juro que no lo sabía” y su cerebro sigue pidiendo una buena ración de café. – Esto ya no me incumbe a mí, le voy a derivar a su ginecólogo y él sabrá cómo ayudarle mejor con todo esto.
- ¿De cuánto estamos?- inquiere Jones.
- ¿Estamos?
- Embarazados. ¿De cuánto estamos?
- Seis semanas, día arriba día abajo- informa la buena mujer.- Lo cuál quiere decir que el niño, o niña, nacerá sobre febrero.

Cuando llegan de nuevo a casa, Danny se dirige directamente a la cocina a por ese café, más cargado que nunca, tan amargo que parece imposible que nadie humano pueda tomarlo. Ariel le observa desde la puerta, justo en posturas enfrentadas a las de la noche anterior, y tamborilea con las uñas sobre el marco de la puerta. Y no se da cuenta, pero la mano libre ya reposa sobre su tripa, en ese gesto tan de embarazada.

- Dan...- comienza ella, aunque no sabe qué le va a decir.
- La gira, Ari- le interrumpe. – La gira.
- Lo siento, ¿vale? No lo sabía.
- No te estoy culpando... Es sólo que...
- ¿No quieres tenerlo?
- ¡Pero qué estás diciendo!
- ¡No lo sé!
- ¡No me grites!
- ¡No te estoy gritando!

Pero sí que lo está haciendo, y aunque quiera llorar lo único que consigue es echarse a reír de un modo histérico. Se acerca a él, a meter su nariz en el hueco de su cuello como hace siempre que el mundo pesa demasiado, y él la rodea con sus brazos llenos de pecas y de tinta, y suelta una carcajada nerviosa.

- Tom no me va a creer cuando se lo diga...
- ¿Eso es lo único que se te ocurre decir?- le golpea en la tripa sin fuerza y él ríe de nuevo.
- ¿Qué quieres que diga? Me he abierto la cabeza contra ese suelo de mármol y encima no me dejas desayunar. Todavía no soy consciente de que vaya a ser padre.
- ¿Te crees que yo si? – niega y vuelve a meter la cabeza en su cuello, olisqueándole.
- Voy a ser padre- musita él.- “Danny Jones padre”. Wow. ¿Te imaginas? ¡Voy a poder hacerle socio del Bolton!

Y así es como se va haciendo un poquito más a la idea de que en algo más de siete meses tendrá a su hijo en brazos, entre sus risas locas, cogiendo en brazos a su mujer y dándole vueltas en la cocina como si estuviera loco, mientras su sobrina, Emma, sigue riéndose de su tío como si hubiera aspirado gas helio.

Cuando deja a Ariel de nuevo en el suelo, con el café enfriándose en la encimera y su mujer llorando sin poder evitarlo, se da cuenta de que aún tiene la camiseta del revés.


¿No decían que daba buena suerte? 

1 comentario:

  1. Surrealista como solo podría pasarle a Danny Jones... en fin, jajajajajaja. Las peleas entre Danny y Ari.. jolin, son peleas no, señoras peleas, pero tienen ese toque que no se... hasta me gusta oye. No me he podido reir mas cuando Jones pensaba que habian perdido a Emma, fue brutal, y cuando lo unico que piensa en en que puede hacer a su hijo socio del Bolton.. jajaja, en fin, Danny Jones.

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