Cuando
Danny era pequeño (todo lo pequeño que se puede considerar a una persona a los
diecisiete años) tenía un peluche que seguramente conservaba desde la infancia.
Era un monito, haciendo honor a su dueño, y se llamaba Dylan. En cierta
entrevista, el cantante había declarado que si en un futuro llegaba a tener
algún hijo, quería llamarle Dylan. También había dicho que quería gemelos, pero
eso ya no dependía de él sino de la genética.
El
día en que le informaron que sería padre por primera vez en su vida iba sin
afeitar, no había desayunado, y ni siquiera se había quitado las gafas de sol
en la consulta del médico de cabecera de su mujer para ocultar las ojeras
porque había dormido como el carajo de mal.
Y
la culpa de todo era de Harry.
Era
julio de 2017 y la pequeña Emma ya andaba, balbuceaba palabras y correteaba
hasta caerse de boca contra el suelo, y se volvía a levantar riéndose como una
descosida. Izzy y Harry llegaron a pensar que los mamporros que la niña se daba
contra las alfombras, el parqué del salón, el mármol del cuarto de baño, el
césped del jardín, o incluso contra alguna que otra pared si corría mirando
hacia atrás, habían afectado a su capacidad cerebral. Era un pensamiento
coherente. Durante los primeros años de vida, el cráneo aún no está del todo
cerrado ni ha adquirido la dureza que precisará para siempre, y por eso, y
porque en lugar de llorar la cría se dejaba los riñones riéndose, creían que
podía estar un poco perjudicada.
Pero
no. Sencillamente era una niña y tenía los huesos de chicle, como el pediatra
les había explicado para tranquilizarles, diciéndoles a su vez que el hecho de
que no llorara al golpearse ya decía mucho de su personalidad, adivinando a una
niña fuerte, con carácter y que no se dejaría llevar por sensiblerías, de armas
tomar, como su madre.
Y
ese julio, cuando ya contaba con algo más de un año en su cuenta particular,
fue ella misma quien llamó al timbre de la casa de su tío Danny, aupada en los
musculosos brazos de papá, clavando su dedito índice contra el botón blanco
como si quisiera quemarlo porque desde fuera no oía ningún sonido y no estaba
segura de que las personas de dentro supieran que estaba fuera y fuesen a
abrirle la puerta.
-
Hija, que vas a quemar el timbre- le riñe Harry, agarrando su muñeca y
apartándola del botón, haciendo malabarismos con los brazos para que su hija no
se tire contra el interruptor como un kamikaze. Sólo le falta gritar “banzai” y
lo bordaría.- Mira que eres bruta...
-
A quién habrá salido... – murmura Izzy, recolocando la bolsa con las cosas de
la niña sobre su hombro izquierdo bajo la mirada de lince de su marido.
Ciertamente,
Emma es clavada a su padre. No se puede negar que sea suya. Tiene sus ojos.
Pocos meses después de su nacimiento, el color que había empezado siendo un
azul claro se transformó en un gris metálico con tintes violetas que pasó a
convertirse en un azul eléctrico vivo y audaz. Conserva el pelirrojo, pero
mucho más oscuro, casi como un castaño con reflejos cobrizos. Y tiene su nariz.
Eso es indiscutible.
Finalmente,
cuando Emma ha vuelto a tocar el timbre sin que su padre haya podido
impedírselo, la puerta se abre y Danny aparece tras ella con su indumentaria
dominguera aunque estén a miércoles.
-
Heeeeeeey –saluda, cogiendo a la niña de brazos de Judd antes siquiera de que
éste se la pase.
Emma
cambia de brazos sin quejarse y acepta los sonoros besos con que su tío le
llena las rechonchas mejillas, tronándole los oídos. La apoya mejor contra su
antebrazo, dando un pequeño bote que hace reír a la pequeña y le hinca un dedo
en la tripita, haciéndole cosquillas.
-
¿Y esto? – pregunta por fin, después de perder consentidamente la dignidad de
hombre maduro con su sobrina. – Bueno, pasad.
Ríe,
y se aparta de la puerta, dejando que los Judd pasen al recibidor y se adentren
en su casa con Emma todavía en sus brazos, que le tira del cuello de la
camiseta de algodón como si quisiera quitársela para poder palparle los
tatuajes, algo que siempre hace cuando está con él.
-
¿Y Ariel?- pregunta Izzy cuando toman asiento en los sillones del salón.
-
Arriba, en mi estudio. No sé por qué le instalo uno a ella si luego siempre usa
el mío.
-
Porque eres un racano – se mete Harry, recostándose contra los cojines como si
estuviera en su casa.- Le pusiste una mierda de aislante y le diste tu
micrófono antiguo.
-
Será una pieza de coleccionista cuando me muera, ¿sabes? Debería apreciarlo.
-
¿Por qué no la llamas? Queremos proponeros una cosa.
Danny
sospecha, pero obedece. Siempre suele obedecer a Harry, por muchos años que
pasen. Se quita a la niña de encima, que sigue con su cruzada contra la
camiseta, y se la deja a Izzy, dándose cuenta en ese momento de que porta con
ella una mochilita enorme.
Un
par de minutos después, Ariel baja rauda y veloz las escaleras, con esos pasos
livianos y casi saltarines tan suyos mientras su marido va a la cocina a por
algo de beber.
-
¡Pero a quién tenemos aquí! – exclama, cogiendo de nuevo en brazos a Emma. En
esta ocasión, la niña no trata de quitarle la camiseta, sino que se entretiene
con el color fuego de su pelo y le arranca de cuajo las gafas de pasta verde de
miope que sólo lleva cuando no la ve nadie y que ha olvidado quitarse.- Eh, las
gafas no, las manos quietas.
-
¿Y Danny?
-
Buscando posavasos. Ya sabes lo maniático de la limpieza que es.
-
Maniático soy yo- contradice Harry.- Él es un vago que no quiere limpiar.
-
También- Ariel sonríe y le hace cosquillas a Emma, sentándola en sus rodillas e
imitando la cancioncita del caballo.- Al paso, al paso, al paso...
La
verdad es que casi todos los adultos pierden la dignidad con los niños
pequeños.
Danny
reaparece en el salón cargado de vasos, posavasos y una botella de Nestea de
limón, y lo sirve para la visita sorpresa.
-
Bueno, tú dirás- le indica al batería, que le dedica una mirada a Izzy para que
sea ella la que hable, pero ésta se lava las manos. Así que es Harry el que lo
hace.
-
¿Podéis quedaros con Emma esta noche?
Y
el vaso que Danny tiene en las manos termina en el suelo, salpicándolo todo de
Nestea de limón.
-
¡Danny!- le riñe Ariel. – Lo vas a limpiar tú.
-
¿Cómo que quedarnos con ella esta noche? Define “esta noche”.
-
Tenemos una cena esta noche- informa Judd.- Con unos amigos de Izzy,
violinistas. Se van a casar.
-
Lo que les espera... –murmura Jones, ganándose un cogotazo de su mujer.
-
Y obviamente, no podemos llevar a Emma con nosotros. Habíamos pensado que
podíais quedárosla toda esta noche y así de paso tendríamos algo de privacidad,
que desde que nació no hemos tenido ni un momento para nosotros solos.
Pasaríamos a por ella mañana después de la hora de comer, así que no llegaría
siquiera a un día completo. Os hemos traído los pañales, el chupete, pero no se
lo deis si llora, que se malacostumbra, ropa limpia y todo eso...
-
O sea... Que no podemos negarnos.
-
Podéis, claro que podéis- asiente, y sentencia.- Pero no lo vais a hacer.
-
Manda huevos. ¿Me tengo que quedar yo con tu hija porque a ti te apetezca echar
un polvo?
- Daniel- le riñe de nuevo Ariel.
-
Pero si es que sabes que yo no sé cuidar de un crío. ¿Y si le da fiebre? ¿Y si
empieza a llorar y no se calla? ¿Y si se ahoga y se pone morada y se me muere y
este animal me mata?
-
Claro, ¿y si viene Marty McFly y se la lleva al futuro y olvida traerla de
nuevo? No seas tan fatalista, es una niña, no un viejo con cataratas. Harry -
mira a Judd, que sabe de antemano cual va a ser la respuesta de la pelirroja-,
nos la quedamos, podéis iros tranquilos.
-
Ari, ¿podemos hablar un momentito?
Señala
el pasillo que conduce a la cocina con la cabeza y su mujer bufa, soltando otra
vez a Emma, que al final va a terminar mareada de tanto cambiar de brazos, y
sigue la desgarbada figura de Danny.
-
¿Qué te pasa, neuras?
-
No podemos quedarnos con la niña. –y antes de que ella replique, le explica
porqué.- Joder, Ari, que no tengo tiempo ni para respirar con el CD y entre que
me quitas el estudio cada dos por tres y esto... Tengo que mandar la pista de
la canción a Jason el viernes y ni siquiera he empezado.
-
Pues pídele más tiempo. Eres tú el productor del grupo, tú fijas los plazos.
-
Llevo retrasando los plazos dos semanas – se queja.- Y las fans ya se están
calentando porque volvemos a hacer tres años sin sacar un maldito trabajo. ¿Y
encima tengo que quedarme con Em?
-
Bueno, pues enciérrate en el estudio, que ya la cuidaré yo. Harry te está
pidiendo un favor. Además, tú lo has dicho, has retrasado ya los plazos dos
semanas, por otra más no te va a pasar nada.
-
Oh, disculpa, que a ti sólo te importa tu carrera...
-
Mira, vamos a dejarlo. Em se queda, tú haz lo que quieras.
Harry
terminó por sentirse culpable. Había recurrido antes a Tom y Gio, pero teniendo
ellos ya a Alb(us)ert no quería cargarles más presión con más niños a su cargo.
Además, cuando Emma y Alb(us)ert se juntaban, temblaba todo Londres. También había
pensado en Dougie, pero estaba metido de lleno en los “preparativos” de su
“boda” con Lara y no consideraba oportuno encasquetarle ya a un crío que
pudiera disuadirle negativamente de tener hijos en el futuro. Y en sus padres.
Y en los de Izzy. Y en sus hermanos, pero todos estaban o demasiado lejos o
demasiado ocupados. De hecho, no quería dejar a Em con Danny porque sabía que
algo así ocurriría. Y aunque Jones y Ariel se hubieran retirado a la cocina
para hablar, lo cierto era que lo había oído todo. Sabía lo agobiado que estaba
Danny con el séptimo álbum, y la presión que caía sobre sus espaldas. Las
canciones llevaban semanas grabadas pero el trabajo no estaba terminado y las
fans estaban más que impacientes. Habían prometido el CD para la segunda semana
de agosto y julio estaba acabando muy negativamente ya que, aunque Danny apenas
veía la luz del sol por montar las pistas, parecía que no avanzaba. Era un
trabajo cuidadoso y lento, y hacerlo deprisa y corriendo para cumplir los
plazos era algo inadmisible. El trabajo bien hecho, bien parece, y las fans no
se merecían un álbum chapucero. No más decepciones después de Above The Noise.
Por
eso, cuando regresaron al salón, Ariel sonriendo falsamente y Danny con un
gesto indudable de agobio en su pecoso rostro, Harry sintió que debía haber
dejado a Emma con Tom y Gio.
-
Oye, que si no podéis quedaros con ella, da igual – salió en rescate Izzy. –
Avisaremos de que no podemos ir y...
- No os preocupéis.- terció Ariel.- ¿A qué hora habéis dicho
que volvéis a por ella?
Cuando
la puerta se cierra tras la espalda de Judd, Danny suspira. Mira el reloj,
comprobando que son algo más de las ocho de la tarde-noche, y dirige una mirada
a su mujer y su sobrina, que canturrean algo de camino a la cocina porque habrá
que dar a la pequeña de cenar.
Sigue
a las dos mujeres pero se queda en el marco de la puerta, viendo cómo Ariel
sienta a Em en la encimera (como si fuera una versión mini de sí misma) y
comienza a preparar algo de pasta al dente con trocitos de carne.
-
¿Te ayudo?- se ofrece, mirando la nuca de su sirena.
-
Déjalo.
-
Ari...
-
Que lo dejes. Vete al estudio y termina la maldita canción, no vaya a ser que
tus fans me cojan más manía aún por no dejarte hacer tu trabajo.
No
es ningún secreto que una generosa parte del fandom no acepta ese matrimonio.
Tampoco es ningún secreto que tanto a Danny como a Ariel les importa una
mierda, pero es algo que está ahí. Tampoco terminan de aceptar a Lara, y alguna
otra todavía osa odiar a Gio, pero ella se lleva la palma. Porque está con
Danny Jones, porque Danny es sólo para ella y ya no es un bien público. Y
porque aunque cueste creerlo, Danny le es fiel. Como un perrito. Para ponerle
los cuernos con cualquier fresca no se habría casado.
Pero
el CD es importante. Desde que publicaron el sexto a finales de 2013, que fue
un éxito tan rotundo como merecido, no han vuelto a sacar nada nuevo. Algún que
otro single, algún que otro videoclip, pero nada físico, nada que las fans
puedan tactar con sus manos y guardar como oro en paño en una estantería. Se
repite la misma historia una y otra vez, y los mismos miedos vuelven a salir a
la luz. Por ambas partes. Los chicos tienen miedo de que las fans se olviden de
ellos por no publicar nuevos trabajos en tanto tiempo, como ya les pasó tras Radio:Active y tras Above The Noise, y que otros grupos emergentes les roben el puesto
que les corresponde por méritos propios en la historia de la música
anglosajona. Y en el otro lado del ruedo, ellas también tienen sus temores.
Ahora
todos están casados, Dougie entre comillas, pero lo estará en un par de meses,
e incluso dos de ellos ya tienen hijos. Y el álbum no llega. Todo lo que las
GD’s obtienen son “muy pronto”, o “estamos trabajando en ello”, o similares
que no les sacia y les hace sentir engañadas. ¿Y si no existe ese álbum? ¿Y si
el trajín de los hijos es demasiado para ellos y no son capaces de poner todos
sus sentidos en su trabajo teniendo gremlins de medio metro correteando de un
lado para otro? Si lo piensas, todo tiene su lógica.
Como
también la tiene que Danny se enfade, mande a la mierda mentalmente a su mujer
y suba a zancadas al estudio mientras ella se arrepiente un poquito, pero sólo
un poquito, de haber sido tan brusca con él. Sin embargo, no le busca para
pedirle disculpas. Simplemente se voltea, mira a Emma, que a su vez observa la
pelea con ojos curiosos, y sonríe a su sobrina fingiendo que no pasa nada.
-
Ven, cariño. Vamos a cenar.
Cuando
Danny vuelve a bajar del estudio, cerca de las diez y media porque le rugen las
tripas de hambre, la cocina está desierta. Por el contrario, encuentra a las
dos pelirrojas en el sofá del salón, Emma completa y profundamente dormida en
el regazo de una también adormecida Ariel, con el DVD de Los Pitufos expulsando imágenes azules en la televisión de plasma,
Barney Stinson fingiendo dar paraguazos a diestro y siniestro a uno seres
enanos mientras la mujer de Will Schuster dice que son adorables. Qué pequeño
es el mundo...
Pero
lo que absorbe toda su atención es el gran parecido que su sobrina guarda con
su mujer. Salvo los ojos, podría pasar por hija suya. Vale que Ariel sea
pelirroja teñida y la cría sea natural, pero sus tonos de pelo y piel son tan
similares que podría resultar sospechoso. Y verlas allí, dormiditas la una
contra la otra, hace que todo el enfado que pudiera tener desaparezca como por
arte de magia.
Piensa
en despertar a su mujer, al menos para llevar a la niña arriba, pero opta por
dejarla dormir a ver si así a ella también se le va el mal genio. No obstante,
agarra su muñeca derecha para levantarla de encima de las piernecitas de Em
para ser él mismo quien acueste a la niña en el dormitorio de invitados.
Incluso en duermevela, Ariel detecta ese movimiento y su instinto actúa,
haciéndola cerrar pétreamente los brazos en torno al cuerpo de su sobrina, como
si quien quiera que sea que se la quiera quitar sea una amenaza.
-
Soy yo- le dice Danny en susurros, manteniendo el intento de coger a Em.- Se ha
dormido, voy a llevarla arriba.
-
¿No estabas en el estudio?
-
Me moría de hambre.
Ariel
suspira porque su marido sólo da su brazo a torcer cuando tiene hambre. Se pasa
una mano por los ojos, todavía algo confusos, y mira a Em, que sigue dormida,
mientras Danny se sienta a su lado en el sofá y le quita a su sobrina las
pequeñas deportivas de Adidas, que aunque sean mucho más pequeñas que su propia
mano, son caras como el que más. Las reposa sobre la mesita del té pero deja
sus manos en torno a los enanos tobillos de la pelirroja menor, su mente
elucubrando una disculpa para su esposa.
-
Ari...
-
Pasta. Y si te apetece, te haces un huevo- interrumpe ella.
-
Iba a pedirte perdón. Por haberme metido con tu carrera. Sabes que no me gusta
que estemos enfadados.
-
Dan, no es eso- contradice ella. – Ya sé que sabes que me importa tu carrera
tanto como la mía.
-
¿Entonces?
-
¿Qué vamos a hacer cuando tengamos hijos?- expone, toda la conversación
desarrollándose en susurros para no despertar a la peque.- Cuando se pongan
malos, o empiecen a llorar sin motivo. ¿Los vas a mandar con tu madre o tu
hermana porque no te dejan trabajar? Emma puede servirnos de ensayo.
-
Ni que fuera la Oveja Dolly, Ari. Es una niña, no un experimento.
-
Y si no eres capaz de aguantar un solo día con ella, ¿cómo vas a aguantar toda
una vida con un hijo propio?
-
¡Dios, ni que los fuéramos a tener ya!
Ariel
se calla. Se calla y peina con sus dedos el flequillito de Emma, y le acaricia
la mejilla con delicadeza, la caja torácica de la niña subiendo y bajando a un
ritmo constante y sus labios abiertos, sumida en su propio sopor.
Y
Danny ve cómo toda su vida pasa delante de sus ojos como si se fuera a morir.
-
Dime que no...- suplica.
-
No- espeta.- ¿Pero y si fuera que sí? Es un buen momento para nosotros,
llevamos tiempo casados, tenemos trabajos estables y aún somos jóvenes. ¿A qué
quieres esperar? ¿A los cuarenta?
-
Ari, cojones, no es un buen momento para nada.
-
No levantes la voz que la vas a despertar.
-
¿Quieres tener un hijo ahora?- inquiere, sin hacer ni caso a su advertencia.-
De acuerdo, tengamos un hijo. ¿No tenías que ir mañana al médico a que te
repitieran la prueba de la anemia? Pues preguntémosle cuál es el mejor método,
o directamente follemos como conejos toda la noche. ¿Te parece? Así el niño
nacerá cuando yo esté en plena gira con el séptimo álbum, en caso de que pueda
conseguir terminarlo de una puta vez, y tú en Australia grabando el tuyo. A ver
cómo cojones criamos así a un maldito niño.
Emma
termina por despertarse en medio de una estridente llantina y Ariel bufa, comenzando
a mecerla mientras clava sus ojos verdes en la mirada llena de incredulidad,
enfado e impotencia de su marido.
-
Antes no eras tan desagradable- le espeta, poniéndose en pie con la niña en
brazos y subiendo a la planta superior para acostarla en la cama del dormitorio
de invitados.
Le
cuesta un triunfo conseguir que deje de llorar y se duerma, contagiándole casi
a ella el llanto, a una mujer hecha y derecha de casi treinta años. La cambia
de ropa, le pone el pijama y la tumba en el centro de la cama de matrimonio,
rellenando los laterales con otras dos almohadas que hagan una especie de
fortaleza para que no se caiga al suelo ya que, como cabía esperar, no tienen
una cuna en casa. Y cuando por fin deja de llorar, quien comienza a hacerlo es
ella, recordando la pelea del salón minutos antes.
Tiene
que reconocer que Danny tiene razón, no es un buen momento, pero no puede
callar a su instinto maternal. Lleva meses llamándola, y ver que todos sus
amigos van teniendo hijos no ayuda en absoluto. Y vale, sí, en nueve meses
McFly estaría metido de lleno en una gira, no sólo nacional, sino probablemente
también europea, americana y latina, y ella al otro lado del mundo, en los
estudios que su discográfica tiene en Australia para grabar las canciones que conformarán
su cuarto álbum. Y vale, sí, quizás ella se haya equivocado comunicándole así
su deseo de convertirse en madre, pero lo que no puede negar nadie es que Danny
también podía haberse mordido un poco la lengua.
Y
a pesar de todo, no llora por tristeza, o por cómo le haya hablado su marido.
Llora por impotencia y porque se siente tonta. Como si necesitara a un hombre a
su lado para todo cuando no es así.
Finalmente,
suspira, apagando la luz del dormitorio, y comprueba que son las once menos
diez de la noche. Cuando baja de nuevo a la cocina, Danny está haciendo la cena
en perfecto silencio, sin bailar, sin jugar con las sartenes como si fuera un
gran chef y sin haber encendido la radio para tararear lo primero que saliera
en los canales. Huraño, con una arrugita en su entrecejo cuando da la vuelta al
filete y le coloca en el primer plato y lo baña con un poco de salsa.
-
Toma- le dice a Ariel con voz huera, tendiéndole el plato, que además lleva una
especie de ensalada basada en lechuga y patatas fritas.
-
No tengo hambre, voy a tomar sólo un yogur.
-
Toma- insiste.- Mañana te sacan sangre y tienes que ir en ayunas. No te vas a
acostar sin cenar.
-
Deja de sonar como si fueras mi padre, ¿vale?
-
Entonces aprende a cuidarte solita.
Vuelve
a suspirar, como siempre hace antes de comenzar otra pelea y coge el plato con
tanto ímpetu que parece que va a estrellarlo contra la cristalera del ventanal,
pero no lo hace. Ni siquiera se sienta a la mesa. Coge los cubiertos, una
botella de agua, y se lo lleva al salón para poder cenar sola ante la
estupefacta mirada de Danny, al que se le está quemando el segundo filete.
-
Bruce, dame paciencia –murmura él, rezándole a su dios particular.
La
noche termina mal, ambos dos metidos en la cama de matrimonio, tapados con una
fina manta para combatir la fresca que cae por la noche, espalda contra espalda
contemplando cada uno la oscuridad de su lado correspondiente. Las luces llevan
minutos apagadas y Emma lleva horas sin llorar, señal de que duerme como un lirón
y que a la mañana siguiente se despertará como una moto llena de energía.
-
¿A qué hora tienes mañana la cita?- murmura Danny fingiendo indiferencia.
-
¿Qué más te da? – contesta ella, casi como si estuvieran en un partido de
tenis.
-
Preguntaba.
-
A las nueve y media.
-
Ah.
-
¿Acaso me vas a acompañar? ¿Vas a salir del estudio para acompañar a tu mujer?
WOW.
-
Buenas noches.
No
son buenas, pero son noches, y ambos terminan por dormirse hasta que el
despertador de Ariel comienza a sonar a las ocho y media, tan ensordecedor que
parece querer despertar a toda la casa. Lo apaga de un golpe, tirando el
teléfono móvil y el libro de cabecera al suelo y resoplando, los pelos que le
caen por la cara volando un par de segundos por los aires.
-
Cago en la puta- espeta mientras hace la primera flexión del día, sentándose
sobre la cama y dejando que la sangre le bombee todo el cuerpo.
Se
levanta como una zombie, habiendo dormido sólo ocho horas, y acude al baño con
movimientos arrastrados hasta tragarse casi la mampara, pero consigue ducharse
sin perder un miembro en el intento. Cuando sale de la cabina, envuelta en una
toalla, chorreante y un poco más despabilada, su visión periférica atina a ver
a un Danny aún más dormido que ella sentado en la taza del váter, con la
barbilla apoyada en la mano izquierda y los calzoncillos por los tobillos. La
imagen más erótica de su vida, nótese la ironía.
-
¿Qué haces levantado? – le pregunta, limpiando el vaho del espejo y recogiendo
su cepillo de dientes. Él sólo balbucea y gruñe un “gvghnmmgñgñkmmbjkgñssg” y sigue a lo suyo.
Cuando
termina, se sube la ropa interior sólo para volver a bajársela y quitársela y
entrar también a la ducha. Algo así como cinco minutos después, sale sacudiendo
la cabeza en todas direcciones como si fuera un perro, expulsando gotitas de
agua que van a parar a los azulejos y pasándose después esas enormes manos por
el pelo, sin taparse y sin tapujos. Su mujer mira su reflejo en el espejo,
restregando las cerdas del cepillo contra los dientes y carraspea y parpadea
para dejar de comérselo con la mirada. Jamás entenderá cómo lo consigue, cómo
pasa de estar legañoso, adormilado y sudado por el calor de la cama, sentado a
la taza del váter hecho un ocho sobre sí mismo, a salir cinco minutos después
de la ducha convertido en un dios olímpico.
-
¿Tienes hambre? – pregunta Danny, cogiendo también su cepillo.
-
Tengo que ir en ayunas, ¿no te acuerdas?
-
Lo digo por mí, me siento amenazado- bromea. – Deja de violarme con la mirada.
Ariel
escupe la pasta de dientes, se enjuaga la boca y alza una ceja, apoyando la
cadera contra el mármol del lavabo.
-
No necesito la mirada para violarte, cariño- sisea, paseando su dedo índice por
el contorno de su espalda pecosa, entre los omóplatos, hasta llegar al trasero,
donde da un pequeño pero firme cachete que resuena en todo el baño.
-
Eso suena prometedor...
-
No me líes, que al final llego tarde- agarra el otro cepillo, el del pelo, y
comienza a deshacer los nudos que el agua ha creado en su melena, controlando
por el rabillo del ojo los movimientos de su marido, que parece que se ha
levantado juguetón ya que se acerca a ella (y recordemos que sigue desnudo) y
comienza a llenarle el cuello y la nuca de húmedos besos hasta que se topa con
la toalla, la cuál termina por tirar al suelo y seguir ese caminito hacia
abajo, haciendo cosquillitas con su incipiente barba.- Danny...
-
Calla, que estoy ocupado.
-
Que me vas a hacer perder la cita...
-
Que nos esperen.
-
Espera...- se gira, desnuda también, y le agarra del brazo para que se
incorpore y deje de mirarle el culo y le mire a los ojos.- ¿Vienes conmigo?
-
¿Qué te crees que voy a pintar levantado a las nueve menos cuarto sino?
-
¡¿MENOS CUARTO?!
Recoge
la toalla del suelo y se envuelve de nuevo en ella para salir del baño como un
rayo en dirección a su vestidor. Hasta la consulta le esperan más de quince
minutos de conducción y aún está desnuda.
-
¡Encárgate tú de Em, porfa!- le grita desde el armario, buscando una falda que
convine con la blusa escogida.
Danny
niega con la cabeza, reflexionando sobre que eso era algo que ya se esperaba, a
pesar de que su mujer hubiera sido la que se había comprometido en cuidar de la
niña, y de vuelta al dormitorio se pone unos calzoncillos limpios y nos
pantalones vaqueros y se encamina al dormitorio de invitados, encontrando la
cama vacía, las almohadas en el suelo y las puertas del balcón abiertas.
-
¡Ay mi madre! - murmura, precipitándose hacia ellas.- ¡ARIEL! ¡ARIIII!
Y
asusta. En ese momento lo único en que su cabeza es capaz de pensar es en qué
quiere que le pongan en la lápida cuando Harry le mate con sus propias manos
por haber perdido a su hija.
Ariel
llega al dormitorio golpeándose con los marcos de las paredes, la falda
retorcida y la blusa mal cerrada, los ojos tan abiertos que parece que se le
van a salir de las cuencas.
-
¡¿Qué pasa?!
-
¡La niña! ¡Que no está!
-
¿Cómo que no está?- contempla la cama vacía y las sábanas por los suelos y el
corazón se le sube a la garganta.
-
¡QUE NO ESTÁ! ¡HARRY ME MATA! ¡DIOS, TE DIJE QUE NO NOS LA QUEDÁRAMOS! ¡QUE YO
NO VALGO PARA CUIDAR A UN CRÍO!
-
Dan, calla un momento, tranquilízate.
-
¿CÓMO ME VOY A TRANQUILIZAR? ¡ME MATA, ES QUE ME MATA! ¡DE ESTA NO SALGO VIVO!
Ariel
decide que por el bien de los dos lo más acertado es mantener la calma y
buscarla por toda la casa, ignorando en la medida de lo posible la razón que
tiene Danny. Harry le va a matar.
-
Voy a buscarla en esta planta, tú ve a la de abajo.
Dicho
y hecho, el torneo por ver quién encuentra antes a Emma da comienzo, con el
reloj rozando las nueve menos cinco. Ariel recorre dormitorios, baños, el
estudio de esa planta, el gimnasio de Danny, el cuarto de la plancha e incluso
mira dentro de los armarios por si acaso, pero ni rastro de la niña.
En
la planta de abajo, Danny rebusca en la cocina, en el salón, en el armarito de
los abrigos...Tampoco.
-
No habrá salido a la calle, ¿no?
-
Habría saltado la alarma- inquiere la pelirroja, sudando la gota gorda. – La
dejaste puesta anoche, ¿verdad?
-
Sí, claro, la pongo todas las noches antes de irme a la cama. Vamos eso creo.
Tuve que ponerla... ¡DIOS, NO LO SÉ!
Y
entonces, se oye un ladrido. Ninguno de los dos ha recaído en el hecho de que,
en esa búsqueda desenfrenada, tampoco había rastro de Bruce, que siempre suele
estar tirado por los pasillos o la cocina viviendo la buena vida. Y el sonido
llega desde el mismo dormitorio en que Emma se encontraba.
Casi
pegándose el uno al otro, ascienden de nuevo a la habitación para encontrarla
tal como la habían dejado, salvando el balcón, el cuál habían cerrado por si la
niña aparecía de la nada y se le ocurría practicar paracaidismo por la ventana
pero sin el paracaídas.
Un
nuevo ladrido, procedente de debajo de la cama. Danny y Ariel comparten una
mirada cómplice y es él el que realiza el cuerpo a tierra tirándose al suelo
como si estuviera en el Kosovo en plena guerra yugoslava. Sus dedos agarran la
sábana, alzándola casi con miedo de lo que pueda encontrar bajo ella, y sus
ojitos contemplan cómo Emma, tumbada debajo del corpachón del perro, recibe los
lametazos que éste le deja por toda la mejilla y parte de la oreja. ¿Será
posible que hubiera estado allí todo el tiempo?
-
¿Pero qué haces debajo de la cama?- le pregunta a la niña, como si ésta fuera a
responderle. Emma sólo le mira, riéndose por los lametazos de Bruce, y Danny
suspira, estirando los brazos hacia ella. No obstante, como buena Judd, le
ignora y comienza a gatear hacia el lado contrario, seguida por el perro. – Em,
bonita, que llegamos tarde al médico.
-
¿Está ahí debajo?- inquiere Ariel, casi riéndose.
-
Sí. Cógela, que va hacia ti.
-
Dan, que no es una pelota de tenis.
Pero
se agacha ella también y saca a la cría de debajo de la cama, con el pijama
sucio de restregarse por los suelos hasta que toda su falda y camisa terminan
tan manchadas que parece que quién ha retozado por ellos ha sido ella. Y el tiempo parece hacerle “tic, tac, tic, tac” en los oídos porque
una miradita rápida al reloj de pared le indica que son las nueve y veinte y ya
llega tarde al médico.
-
¡Me cago en la p... Jobar!- exclama, aguantándose las palabrotas para que Emma
no las aprenda antes de tiempo y se la pasa a Danny con prisa.- Ya llego tarde,
coño.
-
Oye, pero que no he desayunado- salta el otro.
-
Ni te has vestido. Ni has vestido a la niña. Quedaros aquí, voy yo sola.
-
De eso nada.
Y
así es cómo tienes a Danny Jones contorsionándose en el asiento del copiloto de
su Audi A3 conducido por Ariel, que se pasa casi 30 km de la velocidad
permitida, tratando de meter los brazos por las mangas de una camiseta oscura.
¿Resultado? Termina por colocarse la camiseta del revés. Bueno, al menos dicen
que da buena suerte.
Siete
minutos más tarde, los tres están entrando a la consulta del médico. Emma
(correctamente vestida con la ropa que su padre le dejó la noche anterior) se
ríe de no se sabe qué sentada en el carrito que Danny arrastra por los
impecables baldosines hasta llegar frente a la enfermera-secretaria que regula
el flujo de pacientes, mientras Ariel fija sus ojos en la etiqueta que Jones va
mostrando a todo el que se fije.
-
Te la has puesto al revés, gili- le dice.
-
¿Sabes qué significa esto, no?- inquiere él, sentándose en una de las sillas de
la salita y robando un par de caramelos de colores.
Y
sí, Ariel lo sabe.
Se
sienta a su lado, sacando la cartilla del bolso y abanicándose con ella,
observando a la hija de Judd, que intenta quitarse el zapato sin mucho éxito. Y
suspira, pensando que Danny tiene razón. No pueden tener niños ahora. Apenas si
han madurado ellos como para traer a más gente al mundo de la que tener que
ocuparse y preocuparse las veinticuatro horas del día. Sólo han pasado un par
de horas con la niña de los Judd y ya la han extraviado, un perro la ha lamido
de arriba abajo y han tenido que vestirla y darle de desayunar en menos de
cinco minutos. El premio a mejores padres del año no se lo iban a llevar, eso
estaba claro.
Pero
el destino tenía preparada otra cosa.
La
enfermera-recepcionista les indica que la doctora les espera y Ariel se pone en
pie, dejando que sea Danny el que arrastre el carrito adentro aún sin haberse
quitado las gafas de sol siquiera. A veces tiene complejo de Pitbull, no se las
quita ni sobre los escenarios.
De
cualquier modo, después de las rigurosas presentaciones, ambos se sientan en
los sillones pajizos que hay frente al escritorio de la doctora e intercambian
trivialidades sobre qué tal les ha ido esa semana desde su última visita. Y
entonces coloca un informe sobre su mesa.
-
¿No tenían que repetirme la analítica?- pregunta Ariel, que ya se estaba
preparando para tenderle el brazo.
-
No va a ser necesario- inquiere la médica, esbozando una de esas típicas
sonrisas tan de médicos.
-
¿Entonces para qué estamos aquí?- salta Danny, moviendo el cochecito de Em para
que deje tranquilos los marcos de fotos que hay sobre el escritorio.
-
Bueno, creíamos que su esposa tenía anemia.
-
Tengo anemia- corrige Ariel.
-
Pero no la tiene- continúa ella.
-
Genial entonces, ¿nos vamos? Estoy sin desayunar.
-
Danny... – le regaña su esposa.- Y si no tengo anemia, ¿qué tengo entonces?
-
La anemia es, por regla general, una baja concentración
de hemoglobina en sangre. La que se refiere a la falta de hierro se
llama anemia ferropénica, que es la que pensábamos que tenía usted, y
es muy frecuente en las mujeres en edad fértil, como usted.
Danny
no está seguro, porque no ha desayunado y no le llega bien el riego a la
cabeza, pero podría asegurar casi al 100% que la doctora ha alzado las cejas al
decir “edad fértil” y que ha hecho
una pausa dramática después de ejemplificar todo aquello asemejándolo a Ariel.
Pero su mente sólo es capaz de repetir “edad
fértil, edad fértil, edad fértil” como una condena.
-
¿Qué tiene que ver la edad fértil con la anemia?- cuestiona un Danny completamente
perdido.
-
Que es muy frecuente en mujeres en edad fértil debido a las perdidas periódicas
de sangre durante la menstruación.
Y
ahora sí, puede jurar que ha alzado las cejas al decir “menstruación”.
-
¿Hace cuánto que no le viene la menstruación?- le pregunta ahora directamente a
Ariel, esbozando una sonrisa casi amable con las manos entrelazadas sobre la
mesa. La pelirroja boquea, mirando a su doctora y a su marido, y a la ventana,
por si acaso tiene que tirarse por ella.
-
Pues... ah... Pufff...
-
¿Seis semanas, puede ser? Es decir, dos meses.
-
Pensaba que era por la anemia...
La
doctora se ríe, mira a Emma y vuelve a sonreír sin recalar en el hecho de que
tiene en su despacho a un hombre maduro de treinta y tantos años que se está poniendo
preocupantemente blanco.
-
Me alegro de comunicarle que no tiene usted anemia- vuelve a mirar a Emma, que
sigue ofuscada con las fotos, y les tiende el informe.- Van a poder darle un
hermanito a esa preciosidad.
Probablemente,
si Danny hubiera desayunado, no se habría desmayado, pero teniendo en cuenta
que incluso ha salido de casa desnudo y ha tenido que vestirse en el coche...
es mucho pedirle al pobre. Así que se cae redondo al suelo.
Cuando
vuelve en sí, Emma sigue riéndose como una descosida porque su tío se ha caído
de la silla y ha dado con la cabeza en el suelo. La enfermera de fuera le está
sujetando la cara contra su tripa mientras Ariel le abanica con el informe que
les acaba de convertir en padres y la doctora le busca las pupilas con una
linternita.
-
¿Está usted bien?- inquiere. Danny parpadea, encontrándose con dos pares de
ojos verdes ante sí, entre ellos los de su mujer, mientras oye las risas de su
sobrina a lo lejos.
-
Es mi sobrina- explica, sin saber bien qué está diciendo.
-
¿Cómo dice?
-
Es nuestra sobrina, no tenemos hijos- interviene Ariel, la cuál no ha podido ni
digerir la noticia.
-
Bueno, ahora ya si- repone la doctora, incorporándose y volviendo a su silla.
Danny sigue blanco, sigue oyendo a Emma reírse, sigue mirando los ojos verdes
de su mujer, unos ojos que parecen decir “te
juro que no lo sabía” y su cerebro sigue pidiendo una buena ración de café.
– Esto ya no me incumbe a mí, le voy a derivar a su ginecólogo y él sabrá cómo
ayudarle mejor con todo esto.
-
¿De cuánto estamos?- inquiere Jones.
-
¿Estamos?
-
Embarazados. ¿De cuánto estamos?
-
Seis semanas, día arriba día abajo- informa la buena mujer.- Lo cuál quiere
decir que el niño, o niña, nacerá sobre febrero.
Cuando
llegan de nuevo a casa, Danny se dirige directamente a la cocina a por ese
café, más cargado que nunca, tan amargo que parece imposible que nadie humano
pueda tomarlo. Ariel le observa desde la puerta, justo en posturas enfrentadas
a las de la noche anterior, y tamborilea con las uñas sobre el marco de la
puerta. Y no se da cuenta, pero la mano libre ya reposa sobre su tripa, en ese
gesto tan de embarazada.
-
Dan...- comienza ella, aunque no sabe qué le va a decir.
-
La gira, Ari- le interrumpe. – La gira.
-
Lo siento, ¿vale? No lo sabía.
-
No te estoy culpando... Es sólo que...
-
¿No quieres tenerlo?
-
¡Pero qué estás diciendo!
-
¡No lo sé!
-
¡No me grites!
-
¡No te estoy gritando!
Pero
sí que lo está haciendo, y aunque quiera llorar lo único que consigue es
echarse a reír de un modo histérico. Se acerca a él, a meter su nariz en el
hueco de su cuello como hace siempre que el mundo pesa demasiado, y él la rodea
con sus brazos llenos de pecas y de tinta, y suelta una carcajada nerviosa.
-
Tom no me va a creer cuando se lo diga...
-
¿Eso es lo único que se te ocurre decir?- le golpea en la tripa sin fuerza y él
ríe de nuevo.
-
¿Qué quieres que diga? Me he abierto la cabeza contra ese suelo de mármol y
encima no me dejas desayunar. Todavía no soy consciente de que vaya a ser
padre.
-
¿Te crees que yo si? – niega y vuelve a meter la cabeza en su cuello,
olisqueándole.
-
Voy a ser padre- musita él.- “Danny Jones padre”. Wow. ¿Te imaginas? ¡Voy a
poder hacerle socio del Bolton!
Y
así es como se va haciendo un poquito más a la idea de que en algo más de siete
meses tendrá a su hijo en brazos, entre sus risas locas, cogiendo en brazos a
su mujer y dándole vueltas en la cocina como si estuviera loco, mientras su
sobrina, Emma, sigue riéndose de su tío como si hubiera aspirado gas helio.
Cuando
deja a Ariel de nuevo en el suelo, con el café enfriándose en la encimera y su
mujer llorando sin poder evitarlo, se da cuenta de que aún tiene la camiseta
del revés.
¿No
decían que daba buena suerte?
Surrealista como solo podría pasarle a Danny Jones... en fin, jajajajajaja. Las peleas entre Danny y Ari.. jolin, son peleas no, señoras peleas, pero tienen ese toque que no se... hasta me gusta oye. No me he podido reir mas cuando Jones pensaba que habian perdido a Emma, fue brutal, y cuando lo unico que piensa en en que puede hacer a su hijo socio del Bolton.. jajaja, en fin, Danny Jones.
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