miércoles, 9 de octubre de 2013

5- Sobre cómo el McFly 2.0 obtuvo como batería una mocosa pelirroja.

Cuando dos de los cuatro integrantes de McFly ya habían contraído matrimonio, las Galaxy Defenders empezaron a temer lo inevitable: que sus ídolos empezaran a formar una familia. Ellas habrían sido felices si hubieran confesado su amor entre ellos y habrían aceptado gustosas la confesión de una vida juntos unos con otros en una orgía constante, sin embargo era demasiado bonito para ser real, pensaban.

Pero el miedo estaba ahí. La verdad era que la gran mayoría de ellas tenían sentimientos encontrados. Por un lado, deseaban con toda su alma ver a Tom convertido en el primer daddy de la familia, y sus mentes divagaban por mundos en los que Fletcher le cantaba “Moon River” a su hijo, endulzada la nana con la voz de Giovanna, y terminaban encharcadas en un mar de lágrimas porque la estampa era preciosa. O imaginándose al gran Harry Judd perdiendo toda la dignidad haciéndole carantoñas a su primer retoño. Y esa imagen les seducía, les gustaba y les parecía algo realmente adorable, pero en la otra cara de la moneda estaba el grupo, el futuro de McFly. ¿Qué pasaría con la banda cuando sus vidas se llenaran de hijos? ¿Cómo sacarían tiempo para todo? ¿De qué tendrían que prescindir? Muchas de ellas estaban convencidas de que el sacrificado sería el grupo. Sabían, estaban plenamente convencidas de que cuando Tom cantaba dejándose las cuerdas vocales ese “Cause McFly’s here forever”, lo cantaba sintiéndolo en lo más profundo de su bondadoso corazón, pero siempre estaba ese “¿y si...?”. ¿Y si se daban cuenta, cuando empezaran a tener hijos, de que no podían con todo? Una temporada sabática, un par de años sin giras, sin CD’s, hasta que los niños estuvieran criados. Ese era su miedo.

Si bien siempre había habido gran revuelo y diferencias de opiniones, no iban a tardar en descubrir si la continuidad del grupo peligraba ante la llegada de nuevos y nuevas GD’s a la familia.

El primero en visitar al ginecólogo no fue Tom, como todo el mundo esperaba. Había sido el primero en casarse, y era, de lejos, el más maduro de todos (ignorando esas ocasiones en que su vena Disney le ganaba), por eso, casi todo el fandom habría dado un brazo por asegurar que el primer McBaby tendría su sangre. Pero se equivocaban.

Fue Harry quién se llevó la palma.

Todo el mundo tenía su atención centrada en esos kilos de más que parecía haber cogido Giovanna algo más de un año después de la boda, y por eso la atención sobre Izzy, que nunca había sido muy amplia, había decrecido un poco más. De cualquier manera, la sorpresa fue mayúscula.

Harry se levanta tarde ese día. Es veintipico de agosto de 2015 y, gracias a Dios, está de vacaciones. Hace un par de días que han terminado los conciertos de la época estival, esos que consisten en un par de festivales en hipódromos o en varios descampados de toda Inglaterra y alguna que otra incursión en Brasil, y está disfrutando de las horas de sueño de las que ha carecido desde principios de junio.
Se levanta tarde. Simplemente abre un ojo y ve que la cama está vacía y fría y que el reloj de la mesilla de su mujer indica que son las doce menos diez de la tarde, la hora de comer prácticamente, y bien sabe el cielo que Judd no se levantaría si no fuera porque tiene un hambre voraz. Ni siquiera se ducha.

Sale de la cama, busca a Izzy (para ver si con un poco de suerte, ésta ya está preparando la comida), y se encuentra la casa vacía.

- Joder...- se queja.- Me va a tocar a mí...

Arrastra sus pies por la moqueta cuando la puerta de entrada chirría al abrirse con la llegada de su mujer, y su rostro se ilumina. Lo que no sabe él es que se le va a iluminar todavía más.
La ve aparecer poco después en la cocina. Se encuentra sentado en una de las butacas que hay junto a la encimera, y en primera instancia no se fija en el enorme y marrón sobre que pende de la mano de su mujer, ni de la sonrisa espléndida que decora su rostro.

- ¿Te acabas de levantar?- pregunta ella, viendo su pelo revuelto, y le besa en los labios, conteniendo la buena nueva.
- Que va... Llevo toda la mañana haciendo cosas...
- Ya, en la cama, ¿no?
- Soñar es importante para el ser humano- parafrasea.- Y comer también. Estoy famélico, mira. Mira mis músculos, están desinflados.
- Te toca cocinar a ti- le recuerda ella, tamborileando con los dedos sobre la encimera y observando el puchero de su marido.- ¿Estás bien despierto?
- Vale, sí, me acabo de levantar- admite, poniendo otra vez esa cara de cachorrito para que no se enfade mucho con él.- Es que tenía mucho sueño.
- No es por eso...

Y Harry ve algo. Es un hombre observador, pero se acaba de levantar y simplemente se ha lavado la cara (y sigue estando insoportablemente guapo), por lo que su mente aún no trabaja a pleno rendimiento. Pero lo ve. Porque Izzy sonríe con una luz distinta. No sabría explicarlo, pero lo ve.

- ¿Qué pasa?- inquiere ya preocupado, aunque una sonrisa no tiene por qué significar nada malo, ¿no?
- ¿Seguro que estás despierto?
- Que sí, sí. ¡¿Qué pasa?!

E Izzy posa el sobre la encimera. Y Harry piensa que es el hombre más tonto del mundo porque, ni siquiera cuando ha abierto ese sobre, y observado las ecografías, ni siquiera entonces, es capaz de entender que va a ser padre. Que va a ser padre por primera vez.

- ¿Esto qué es?- pregunta. En el fondo lo sabe, pero está en shock.
- El ticket de la panadería, Haz. ¿A ti qué te parece?

Y su mujer vuelve a sonreír de esa manera. Ese brillo en sus ojos de gata. Y todo el sueño desaparece de la cabeza de Judd. El primer McBaby está en camino. Y él empieza a llorar de alegría.

*     *    *

Decírselo a los chicos fue una ardua tarea. Estaban todos de vacaciones y no quería comunicárselo por teléfono, por lo que tuvo que esperar más de dos semanas para poder reunirlos a todos en el salón de su casa para darles la noticia. Para ese entonces ya estaban en septiembre, y las únicas personas que sabían del estado de Izzy era la familia directa, padres, abuelos y hermanos.

Reunió a Tom, Danny y Dougie en su salón y les sirvió algo de beber, sin alcohol para todos ellos.

- A mi sin no me gusta- se quejó Jones refiriéndose a su cerveza.
- Pues te jodes- le espetó, sentándose a su lado y dejando que todos le miraran un par de segundos. Cómo le gustaba la atención...
- Bueno, ¿qué? ¿Te miramos un poco más o nos lo cuentas ya?- inquirió Dougie.- Tengo cosas más interesantes que hacer que mirarte.
- Lo dudo mucho- se jactó él, y se frotó las manos con nerviosismo.- Bueno, Doug, esto igual tú no deberías escucharlo hasta los dieciocho años, pero...
- Ja ja. ¿Por qué no te meterías a cómico en vez de a batería? – ironizó el rubio, lanzándole un cojín a la cabeza.
- Bueno, ya sabéis lo que pasa cuando mamá y papá se quieren mucho- Harry se aguantó una risa, y Tom y Danny se miraron como si les estuvieran contando un cuento chino.- Y cuando se quieren mucho, mucho entre las sábanas, ¿qué pasa...?
- ¡Que les salen bolas!- saltó Danny, alzando el brazo como si estuvieran en parvulitos.- Eso es porque las compras en el Tescos, si fueran de Ikea como las mías...
- ¡Qué bolas ni qué bolas! ¡No son bolas!- suspiró.- A ver, cuando papá y mamá juegan a los médicos por la noche...
- Pero si el médico de cabecera cierra a las dos de la tarde...- añadió Tom, mirando su reloj sin entender ni jota.
- ¡Que no es en un sentido tan literal, joder!- le pegó un trago a su bebida y les miró a los tres a la cara. ¿Cómo podía ser que fueran tan tontos? – A ver. El truco de la semillita, como cuando estábamos en el cole, ¿os acordáis?
- Yo no.- interrumpe Danny.- No iba.
- La profe nos daba una semilla y teníamos que meterla en un yogur con un trozo de algodón...
- ¡No me digas que has plantado un manzano!- exclamó Dougie saltando del asiento.

Y Harry dijo “basta”.

- ¡QUE VOY A SER PADRE, COÑO!

Y los tres se quedaron sin habla durante un par de segundos, cruzando miradas desconcertadas, boqueando como besugos, y mirando a Harry como si les hubiera dicho que se iba a la Luna. Pero un minuto después, reaccionaron. En verdad reaccionó Tom, que bordeó la mesa del té y se tiró contra su batería a darle un abrazo de oso al tiempo que gritaba “¡TE ME HAS ADELANTADO!”. Luego llegaron Danny y Dougie, algo menos efusivos pero igual de desconcertados y felices. Harry iba a ser padre. Padre. De un bebé. De un bebé que se parecería a él y que podría continuar la estirpe de su padre y convertirse en un gran batería... Era emocionante con sólo pensarlo.
Le felicitaron, le frieron a bromas sobre que se olvidara de dormir hasta que su retoño estuviera en la Universidad o se independizara, chinchándole con los miles de pañales que tendría que cambiar, etcétera, etcétera, etcétera. Y cuando se calmaron un poco, sentados de nuevo en los sillones, con la alegría de la noticia aún corriendo por sus venas, Danny añadió:

- Oye, pero yo no he entendido lo del yogur. ¿El algodón para qué sirve?

Y todos se echaron a reír.

*     *     *

Las cincuenta y dos semanas de embarazo habían sido modélicas, no había habido ni un solo sobresalto, y la gestación había transcurrido de un modo perfectamente normal. Y Harry estaba feliz, de hecho, daba palmas con las orejas. No había habido sustos, ni había temido en ningún momento por la vida de su mujer o su hijo. Y digo hijo, porque él estaba tan, pero tan convencido de que el bebé que venía sería un niño, que ya había decorado toda su habitación con motivos masculinos. No era como si le hubiera comprado la indumentaria del Arsenal, aunque eso si lo había hecho, o le hubiera pintado las paredes de azul y llenado las estanterías de coderas, rodilleras y tanques en lugar de Barbies, muñecas o gomas para el pelo, pero tenía edificados en su cabeza los primeros treinta años de su hijo pensando en él como un chico.
Habría sido más fácil si no se hubiera negado a preguntarle al ginecólogo el sexo de su hijo, pero su cabezonería propia de capricornio le aseguraba que el bulto que tenía su mujer en el vientre, iba a ser un nuevo batería. Alguien a quien poder enseñarle todo lo que él había ido aprendiendo a lo largo de su vida.

Cual fue su sorpresa en el paritorio del Hospital Central de Londres cuando, nueve meses después, un cinco de mayo de 2016, una niñita pelirroja, llorica y ensangrentada, salía del vientre de su madre entre expectación e ilusión a raudales.

Una niña. Niña. No niño.

Harry agarra la mano de su mujer con fuerza, con tanta que parece que quien está a punto de dar a luz es él en vez de ella, y aprieta los dientes por solidarizarse con la pobre Izzy, que suda la gota gorda despatarrada delante del ginecólogo para traer al mundo a su primer hijo. Sin epidural, sin cesárea, sin nada. Y duele, Dios santo, bien lo sabe ella que duele.

- ¡Empuja!- le apremia Harry. No se da cuenta, pero está exigiendo tonterías.
- ¡¿Qué te crees que estoy haciendo?!- le grita su mujer.

Y Harry decide que él mejor se dedica a besarle la frente y secarle el sudor de ésta y mantener la boca cerradita. Algo menos de media hora después, tras muchos gritos, alguna que otra lágrima y dolor de la madre, la niña llora. Llora básicamente porque acaban de darle un bofetón en el culo, pero llora, que es lo importante, y desaparece de la vista de sus padres un instante después, en volandas en los brazos de la comadrona.

Izzy inspira profundamente y mientras las matronas hacen su trabajo allí abajo para coser y limpiar lo que tengan que coser y limpiar, Harry la mira y ella le mira a él. Y se echa a reír.

- ¡Pero no llores!

Está llorando como un chiquillo que se acaba de torcer un pie jugando al fútbol. Las comisuras de sus labios caen hacia los lados y su cara tiene un aspecto un poco absurdo, pero las lágrimas caen imparables de sus ojos, mejillas abajo, hasta morir en el suelo. Agacha un tanto la cabeza y besa a su mujer, y la besa y la besa y la vuelve a besar, porque le ha hecho el mejor regalo del mundo.

Minutos después, una enfermera vuelve con la niña en brazos, cubierto su cuerpecillo por una mantita blanca y con su muñeca marcada con una pequeña pulsera en la que se indica sus datos más básicos. Porta una sonrisa en su rostro, la enfermera, la niña sólo boquea y abre y cierra los dedos de las manos y los pies.
Izzy improvisa una cunita con sus brazos, tratando de hacerla lo más confortable posible para su primera hija y mira los párpados cerrados de su niña, deseando que porte el azul eléctrico de su marido, que consiguió enamorarle hace años y que le sigue enamorando cada día, aunque sabe que para ello tendrán que esperar un par de meses. Los ojos son lo único que no cambia de tamaño en el proceso de crecimiento, no así el color, que puede variar por la exposición al sol o la alimentación hasta adoptar el color que portará para el resto de su vida.

Harry contempla las mejillas rechonchas y llenas de venas violáceas de su hija, mirando lo pequeña, vulnerable y frágil que es y lo patán que se siente a su lado. Su pequeña y algo respingona nariz, las enanas uñas que cubren sus deditos casi sin falanges diferenciadas y el modo en que boquea en un intento de seguir succionando líquido amniótico grabándosele en la memoria como uno de los momentos más únicos, mágicos e irrepetibles de su vida.
Extiende una de sus manos, medio apoyado en la camilla de Izzy y la acerca a la cabeza peluda y pelirroja de su hija, acariciando sus cachetes con cuidado de no rozarle el cráneo hasta que éste termine de cerrarse, y resigue la línea de sus poco definidos hombros hasta llegar a su mano izquierda. No le da tiempo a apartarla y seguir con el reconocimiento, cuando su hija cierra con una fuerza sólo propia de recién nacidos sus deditos en torno al gran dedo de su padre.

El silencio que reina en el paritorio es testigo privilegiado del momento, de cómo el fucking drummer, el bailarín y batería de aquél grupo que empezó cantándole a una chica con cinco colores en el pelo, siente que un fuego cósmico y universal coloniza todo su cuerpo con su dedo índice como epicentro del fenómeno y sus ojos le sonríen a su mujer sin necesidad de decir una sola palabra. Hay momentos que se explican por sí solos y este es uno de ellos.

*    *    *

Izzy es trasladada a planta algo más de una hora después, tras pasar los reconocimientos y medidas necesarias para poder salir del paritorio, y aún con su hija en brazos, se levanta por su propio pie de la silla de ruedas que la enfermera ha ido arrastrando hasta el dormitorio porque su marido sólo puede agarrar su mano derecha con la suya izquierda al tiempo que le berrea a su madre a través del teléfono móvil que qué hace que no está allí con ellos ya. Izzy sonríe, parece como si su marido ya tuviera miedo de que a su hija fuera a venirle la regla y apenas si tiene una hora de vida.

- Haz – le llama, una vez recostada en la cama de su habitación individual.- Tenemos que inscribirla.
- Ya, tranquila, yo me encargo. Mi hija no puede ir por la vida sin carné de socia del Arsenal. No te preoc...
- ¡En el registro civil!- suspira, manteniendo un tono de voz bajo y relajado para no despertar a la niña, que ya duerme a pierna suelta y acaricia sus antebrazos como si fuera lo más delicado del mundo, porque la verdad es que lo es.
- Ah, claro, claro, también. Mañana iré con mi hermana, que ella ya tiene experiencia.
- Bien... Sólo una pequeña pregunta... ¿Cómo la vamos a llamar?

Harry retira la mirada de su hija para posarla sobre su mujer. ¿Cómo puede ser posible que no tengan nombre para la niña?

- ¿Es que no hemos tenido tiempo para pensar ninguno?
- Claro que sí. Lo que pasa es que no me decido entre Christopher, David y Jackson, ¿sabes? Creo que no van a... reflejar fielmente su personalidad, ¡porque resulta que es una niña y no un niño!
- ¿Eso es ironía?- pregunta él, aunque la respuesta sea obvia, y beso a su mujer en la frente.- Yo había pensado en llamarla Emma.
- ¿Cómo a tu madre?
- Hay miles de Emmas por el mundo, Izzy.
- Una de ellas, tu madre- Harry asiente. En verdad no sabe si lo ha escogido por su madre o no, simplemente, le parece un nombre bonito, elegante y moderno. Y recordemos que Hermione se llamaba Emma en realidad. Motivo suficiente.- Está bien- acepta Izzy.- Me gusta, suena elegante y austero.
- ¿Austero? No es para nada austero. Es... moderno.
- Y austero.

Izzy se ríe, aunque débilmente ya que la medicación para sobrellevar los dolores del parto está empezando a hacer efecto.
La puerta del dormitorio se abre tras un par de golpecitos suaves en la superficie de madera y por ella aparece el flequillo rubio de un Tom Fletcher que, aunque Harry no lo vea, guarda a su espalda un enorme ramo de flores y una ristra de globos digna de un parque temático.

- ¿Se puede?- pregunta, con la sonrisa incluso en sus ojos marrones.
- No, tío, no. No puede ser que vea tu geto antes que a mi madre en un día como este- se queja Judd de broma.- ¿Es que no me voy a librar de ti en la vida?
- Eso es un sí- sonríe Tom, abriendo la puerta y entrando los globos, con los que tiene que pelearse en el marco y mostrándole a Izzy el enormísimo ramo, lo que la hace sonreír espléndidamente.

La pareja Fletcher se adentra en el dormitorio y la recién estrenada madre se pone un dedo sobre los labios para indicar silencio ya que el retoño está durmiendo, aunque eso no impide que tanto Gio como él se acerquen al niño cual amenaza propia de una película de dibujos animados y empiecen a decir moñadas sobre el bebé.

- Tiene toda tu cara, Izzy- dice una Gio emocionada.
- Y menos mal, porque si se llega a parecer al padre...- bromea Tom.- ¿Cómo le vais a llamar?
- Hemos decidido que Emma.- informa la madre.

Un “disculpa, ¿qué?” se dibuja en la cara del cantante, que se incorpora para mirar a su batería a los ojos.

- Es nombre de chica...
- Es que es chica...

Y lo dice.

- Disculpa, ¿qué?

Tom tenía una idea estricta sobre el embarazo de Izzy. El retoño, naciera cuando naciera, tenía que ser niño. Tenía que ser niño porque Harry no dejaba de presumir del campeón que iba a tener como hijo, y de las ganas que tenía de empezar a comprarle ya kits de baterías y toda esa parafernalia para que fuera el mejor batería del mundo. Pero el hecho imprescindible es que tenía que ser niño, no niña. Con la certeza de que lo que Izzy esperaba era un niño, la ágil, imaginativa e impaciente mente de Fletcher había empezado a especular con un McFly 2.0, una nueva versión del grupo pero con sus hijos como integrantes en los que verter todos sus conocimientos musicales y poder continuar la estirpe musical de Marty McFly por el mundo. Y ahora que mira bien a la niña de Judd, por muy bonita que sea (por que lo es, es preciosa), todas sus ilusiones se van al traste.

- ¿Cómo que niña?- inquiere como si fuera de la familia directa y le hubieran informado de una negligencia médica.- ¡Nos dijiste que sería niño!
- ¿Qué más dará lo que sea siempre y cuando esté sana?- inquiere Gio sin entender el enfado de su marido.
- ¡No da igual!
- Oye, ¿podéis hablar en voz baja? Se está durmiendo la niña...- pide Izzy, aunque en realidad la que se está durmiendo es ella.
- Claro, Izzy, disculpa.

Tom mira a su batería indicándole que salga de la habitación (para echarle la bronca por algo que el pobre Harry no podía siquiera controlar) y Judd se niega, cogiendo a su hija del regazo de una dormida Izzy y sentándose en la butaca que hay junto a la cama para sostener a la niña no sin miedo. Le da pavor que se le caiga y se le golpee contra el suelo y salga igual de tonta que Danny.
Un segundo después, Fletcher ya está con el Iphone en la mano haciéndole cientos de fotos a Harry con su hija porque se acaba de dar cuenta de que es lo más bonito que ha visto en su vida, después de su hermana interpretando a Eponine en Les Mis, claro está.

- Puede ser una batería chica- sugiere el padre, haciéndole monerías al bebé aunque esté dormido.
- Entonces no tomarán al grupo en serio- se queja acercándose a ellos y acariciándole el moflete con el dedo índice.
- ¡No seas machista!- se queja Gio a su vez.- Una chica es tan válida como un chico.
- Eso díselo a los productores... Aunque teniéndonos a nosotros no los van a necesitar, claro está. Pero no veo a una niña detrás de los platillos. Y mucho menos yéndose de gira con los futuros e improbables hijos de Dougie y Danny. Dios sabe las burradas que harían...
- Dios, Tom, mi hija tiene dos horas, ¿y ya la estás emparejando con el hijo no-nato y no concebido de Dougie?
- En realidad estaba pensando en el de Danny. Como salga como el padre...
- Saldrá peor, pero Ariel tiene dos dedos de frente.
- ¿Queréis dejar de meteros con vuestros amigos?- les riñe una Gio a la que en el fondo toda esa situación le hace gracia.- Enhorabuena, Harry. Es preciosa.

Harry asiente, diciendo que es normal que lo sea ya que ha salido al padre y la habitación se sume durante unos segundos en silencio, dejando que el padre repose un poco tras toda esa emoción y Tom les tome más fotos aunque ni siquiera se han movido de postura. Tres minutos después, esa niña lleva más fotos que McFly en toda su carrera.

Y hablando de McFly, la puerta se abre con estrépito y por ella aparece un sonriente Danny vociferando que...

- ¡¿DÓNDE ESTÁ MI SOBRINO?!

Y un Dougie gritando a su vez un...

- ¡NO SE PARECERÁ AL PADRE NO!

Que hacen que la niña se despierte y empiece a llorar a pleno pulmón.

La puerta se cierra y ellos permanecen en la habitación, contemplando el lío que han ocasionado a su llegada mientras la niña llora y llora, y Harry la mece sin saber y le toma las manitas con la suya y le chista melosamente mientras mira con odio a Danny y el pánico empieza a hacer mella en él porque no deja de llorar.

- ¡Dios, ¿dónde se apaga esto?!- exclama en plena crisis.
- Trae, déjamela- le pide Gio, tomándola en sus brazos con cuidado.- Tienes que tranquilizarte y transmitirle calma. Los niños son muy sensitivos a las emociones de los padres. Si te notan nervioso, se pondrán nerviosos también.

Sea como sea, en los brazos de Gio, Emma deja de llorar. Los cuatro integrantes de McFly la miran como si fuera un hada madrina y acabara de hacer magia y poco les falta para llenar el suelo de babas y escurrirse con ella.

- WOW- musita un Dougie estupefacto.
- ¡Tú!- le grita Harry a Danny en voz bajita apuntándole con un dedo y acercándose amenazadoramente a él.- ¡Has hecho llorar a mi hija y tiene dos horas!
- ¡Ha sido sin querer!- se excusa, escondiéndose detrás de Tom- Espera, ¿cómo que hija?
- ¿No jodas que ha sido niña?- inquiere Dougie acercándose a Gio y levantándole a la niña la mantita que le cubre buscando la evidencia.
- ¡Eh, las manos quietas!- Harry le pega un manotazo y deja que Gio siga sosteniendo a Emma por miedo a despertarla.- Ha sido niña, se llama Emma.
- Vaya, yo pensaba que sería niño, como no dejabas de repetirlo... No sirves ni para follar- se burla el pecoso, ganándose una colleja.
- Tu gozo en un pozo, Tom- añade Dougie, consciente de los planes de futuro que Fletcher tenía para sus hijos.
- Harry ha decidido que aunque sea chica puede ser batería también...
- ¿Sabéis lo que podríais hacer? Darle la enhorabuena y dejar que la niña escoja lo que quiera ser cuando esté en edad de tomar decisiones- musita Gio en voz baja mirando con enojo a los cuatro “hombres” que tiene delante.

Harry recibe las felicitaciones y un par de minutos después, la habitación empieza a llenarse de gente. Sus padres, sus hermanos, cuñados y sobrinos, todos expectantes por ver al niño que resultó ser una niña pelirroja de nombre Emma y que llegaba al mundo con una batería bajo el brazo en lugar de un pan. A fin de cuentas, como dice el dicho, en casa del herrero...

4- Sobre cómo Bob Marley fue invitado de honor en la “boda” de Dougie Poynter.

La última maleta toca el suelo del hotel un 21 de noviembre de 2017. El último personaje acaba de llegar y lo primero que hace es tirarse de boca a la cama de su habitación con ganas de apagar la luz y dormir durante días. Pero no puede. Porque se casa.

Dougie ni siquiera avisó a sus fans de que se casaba, porque prácticamente no era una boda. Era... una ceremonia, sí, y consistía en unir dos personas para el resto de sus vidas, sí, pero él se empeñaba en no llamarlo boda, y Lara estaba de acuerdo, así que no había nada que temer. Pero la realidad era que sí que se casaba. Por uno de esos ritos raros y excéntricos que les gustan a los famosos, pero se casaba.
No es que Dougie fuera muy dado a codearse con la creme de la creme ni se le hubieran pegado sus aires de grandeza, pero si algo tenía claro, a parte de que Harry era un gay reprimido, era que si algún día llegara a casarse, no sería una boda normal. Y lo iba a cumplir.

La boda de Tom hacía cinco años había sido tan espectacular que todas las bodas que tuvieran lugar después serían feas, destartaladas y poca cosa, y eso lo sabía Dougie muy bien. Así que, si la mejor boda de la historia ya había sido hecha, ¿por qué no hacer la peor?

Ese fue el pensamiento que le alentó para llevarse a todos sus amigos y familiares a una playa perdida de Perú en pleno noviembre. Él era más de Indonesia y la zona asiática, pero tenía entendido que por esa época el clima no acompañaba si la ceremonia se celebraría al aire libre, que era su petición.

- Dougie, no puedes celebrar la boda en Perú- le advirtió Tom cuando se lo dijo.
- Punto uno: no es una boda- le dijo.- Punto dos: ¿por qué no? Es mi boda.
- ¿Pues porque está al otro lado del mundo, a lo mejor?
- Serás rata. ¿Qué te cuesta pagarte un billete de avión?
- Si no es por el billete, es que... que no. ¿En Perú? ¿En serio?
- Perú es muy bonito- saltó el rubio pequeño.
- ¡Pero si no has estado nunca!
- Pues con más motivo, así mato dos pájaros de un tiro. Me caso y hago turismo. Bueno, no, que no es una boda. Aggg, me has entendido.

Y así, por mucho que Tom trató de disuadirle que llevarse a más de treinta personas al otro lado del mundo de boda no era buena idea, él siguió con su plan.

La boda está programada para el 23 de noviembre, y es día 21 cuando Dougie y Lara arriban a la isla, dos días después del resto de invitados. Prácticamente han invadido el hotel, y eso que los invitados han sido seleccionados con extremo cuidado, bajo el rasero de “el que quiera venir, se paga él el vuelo”, lo que ha ayudado a que no tuviera que invitar a la fuerza o por compromiso a muchas personas que no quería.

Se quita la gorra de guiri que le cubre el pelo rubio y abre un ojo, la cara pegada a la colcha de la cama, y mira a su novia, que sigue portando ese colgante de pene de su cuello.

- Me muero de calor-se queja, hablando con la boca torcida.- ¿Me das un masaje en los pies?
- ¿Me le das tú a mí en la espalda?- responde ella tirándose a su lado en la cama y Dougie cubre su cintura con uno de sus brazos, pegando saltitos para acercarse a ella.
- ¿Dónde has dejado los condones?
- En Londres- bromea ella.- Aquí se usan tripas de cerdo.
- ¿Qué dices? ¡Qué asco!

Se incorpora y se sienta sobre ella, con cada una de sus raquíticas piernas a cada lado de su cintura, como si la chica fuera él. Se agacha a darle un beso porque Dougie no se anda con rodeos (y básicamente ahora le apetece hacerlo), y cuando está metiendo sus manos bajo la camiseta de su casi casi mujer, la puerta se abre sin haber pedido permiso y Harry aparece por ella, con chanclas, pantalones cortos, y la nariz quemada.

- ¡DONNERS!- le saluda. Cierra la puerta a su espalda y se tira a la cama, como si no hubiera interrumpido nada.- Hola, Lara.
- Hola, Harry- le saluda ella, rascándose la nariz como diciendo “¿te vas?”, pero ya se lo dice Dougie.
- ¿Te importa? Me iba a tirar a mi novia.
- ¿Vestido?- Harry se ríe y le hace cosquillas.- Tienes cada cosa... Además, ya que están los novios aquí, deberíais hacer una recepción a todos los invitados o algo así, ¿no?
- Que te pires- le silabea entre dientes, y Harry se ríe como un loco sordo.
- Anda vamos, estamos todos abajo.

Le coge de una de las manos, sacándosela prácticamente de la ropa de Lara, y tira de ella con esa fuera Judd hasta que le pone en pie. No le da ni la oportunidad de darse una ducha y poder relajarse un poco, sencillamente se quita el gorro de paja que lleva sobre su cabeza y lo encasqueta en la rubia. Aguardan a que Lara se ponga en pie y los siga y salen los tres del dormitorio, aunque lo cierto es que los novios parecen Dougie y Harry en lugar de Lara y el pollito.

Llegan a uno de los salones del hotel donde les esperan todos los invitados, que poco más y se podrían contar con los dedos de las manos y los pies. La madre y hermana de Dougie, los padres y hermanos de Lara y un par de amigos y compañeros de trabajo. Todo aplauden la llegada de los novios y Dougie hace un gesto vago con la mano porque odia el exceso de atención.
Han tenido el tino de llegar a la hora de la comida, por lo que se sienta en una mesa con los chicos y sus parejas, y esperan a que les sirvan algo de comida autóctona.

- Vaya, Donners, si has llegado sano y salvo- se carcajea Danny. No las tenían todas consigo de que fuera a llegar entero a Perú...
- Yo por lo menos no dejo plantada a mi novia en el altar- contraataca.
- Normal, pero si no hay ni altar. ¿Qué tipo de boda es esta? ¡Las cosas o se hacen bien o no se hacen!- exclama Jones como si fuera un vejestorio.
- Encima nos haces vestirnos a todos de blanco- se queja esta vez Harry.- Con lo mal que me queda a mí el blanco.
- A ti nada te queda bien- le pica Tom.
- Tú ten cuidado, que nuestras habitaciones están pegadas, no te vayas a despertar calvo mañana- Dougie se ríe por la amenaza de Harry porque Tom es el único que conserva una buena melena de los cuatro.
- ¿Dónde habéis dejado a Emma?- le pregunta a Izzy comenzando a comer.
- En Londres, con sus abuelos. Es un viaje muy largo para una niña tan pequeña.
- No es tan pequeña, tiene casi dos años- repone Harry, como si no estuvieran de acuerdo en eso de no haberse traído a la niña.- Y le habría encantado venir a la playa.
- Haz, tú lo has dicho, tiene casi dos años. Se va a hartar de ir a la playa.
- Sí, pero su tío no se casa todos los días.
- Que no me caso...
- Pero si no se va a acordar de nada, es enana- Harry se enfurruña con su mujer y sigue comiendo, ignorándola, pero Tom se ríe, atrayendo todas las miradas.
- Eres un padre hipocondríaco. Nosotros hemos dejado a Albus...
- Albert- le corrige Gio. La disputa sigue en pie, él quería Albus, como el gran Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore, pero Giovanna no se lo permitió, alegando “le van a pegar en el colegio, Tom”, y optaron por ponerle un nombre parecido, aunque él siga refiriéndose a su propio hijo como Albus.
- Albert... con sus abuelos y no pasa nada.
- Ah, ¿me estás diciendo que eres mejor padre que yo?- a Dougie se le cae el tenedor cuando oye a Harry decir eso, y Danny mira a los dos mayores del grupo con los ojos como platos.

Desde que Emma y Albus, digo Albert, nacieron, hace veinte meses la primera, y algo menos de un año y medio el segundo, sus vidas han cambiado un poquito. Ya no tienen que preocuparse sólo por sus vidas, su trabajo, su dinero, sus vacaciones y su independencia, ahora el centro de sus vidas se ha desplazado a unas personitas diminutas que se hacen caca a todas horas, lloran sin motivo y decoran los fondos de pantalla de sus teléfonos móviles con sus encías desdentadas. Pero nunca han discutido sobre si uno es mejor padre que otro.

Tom mira a los demás comensales, buscando apoyo y esboza su mejor cara de buena persona, la que tiene.

- Yo no he dicho eso...
- No, pero lo piensas- vuelve Harry a la carga.
- Bueno, Doug, ¿qué rito decías que era la boda?- interviene una embarazadísima Ariel, desviando la atención, pero Harry levanta un brazo para acallarla y ella lo hace. Harry siempre le ha impuesto demasiado.
- ¿Lo piensas, verdad? Que no sé educar a mi hija.
- Pues sí- estalla Tom, y el ambiente se puede cortar con un cuchillo.- ¿Qué es eso de bailar como en SCD delante de la niña? Luego te saldrá gogó y te preguntarás qué has hecho mal.
- Ah, perdona, es mucho mejor ponerse una bata de jedi y que el pobre Albus...
- Albert- repite Gio.
- ... crezca pensando que su padre es el hombre del saco- ahoga una risita y Tom otra, y la tensión se rompe.
- ¿PERO SOIS GILIPOLLAS? – grita un Danny que se lo había creído.- ¡Mis sobrinos van a crecer rodeados de locos!
- El primero tú- Harry coge su tenedor de nuevo y vuelve a comer, sonriéndole a Tom por su pequeña broma.- Estoy por no dejarte ver más a Emma.
- Eh, no me puedes separar de mi sobrina.
- Vamos que si puedo. Me la devuelves hecha una fan de Springsteen.
- ¿Y qué tiene eso de malo? – pregunta Danny a la defensiva.
- Que yo soy de los Beatles, y como me salga la niña cantante en vez de batería, te denuncio.
- Peor es lo de Dougie, no te jode.
- A mi no me metas, yo soy un tío muy educativo.
- Por los cojones- Dougie mira a Danny y le manda callar con la mirada, pero Jones le ignora y apoya un codo en la misa mirando a Harry e Izzy.- ¿Sabéis que el otro día le enseñó una frase nueva?
- Awn, ¿sí?- pregunta una ingenua Izzy.
- Sí. “Come cebolla, para que te crezca la polla”. Súper educativo eh.
- ¡DOUGLAS!- vocifera Harry, aunque el resto de la mesa esté partiéndose el pecho de la risa.
- ¡Es educativa! Imagínate que te sale cocinera, así no se le olvidan los ingred...
- ¡DOUGIE!
- ¡Vale!

Se mete el tenedor en la boca cargado de comida así la mantiene entretenida y le pega una patada a Jones por debajo de la mesa, que le alza una ceja como diciéndole “te jodes”, en una de sus provocaciones de toda la vida.

Cuando terminan de comer, cada invitado sube a sus habitaciones o sale a la playa Máncora. El hotel está a pie de playa y será ahí donde se lleve a cabo la boda, aunque a Dougie no le guste llamarlo boda y, tal y como ha dicho Harry, todos tienen que ir de blanco, como si estuvieran en Ibiza.

Los dos días pasan rápidamente. Los invierten en hacer turismo por el país, perderse por sus calles, y ponerse rojos como gambas, tanto que saldrán en todas las fotos como si hubieran sido realizadas con un filtro de color escarlata.
El día 23 llega casi sin que Dougie pueda darse cuenta. Para él esos días han sido unas vacaciones en un lugar exótico y ahora le toca enfrentar la realidad, y la realidad es que, quiera o no, está a punto de casarse. No por la Iglesia, y no de un modo oficial y reglamentario, pero se casa al fin y al cabo, y algo empieza a hormiguearle en el estómago cuando, la madrugada del 23, sale de su dormitorio y baja a la piscina del hotel a fumarse un cigarrillo una vez Lara está profundamente dormida.

De camino, y como si fuera una señal, se encuentra con Tom.

- ¿Dónde vas? ¿O de dónde vienes?- le pregunta al cruzarse con él por el pasillo.
- A por una infusión.
- ¿Una infusión? ¿Qué eres, una tía?
- Que no puedo dormir, ¿vale?- moja la bolsita en la taza que sostienen sus manos y sopla para que salga el vaho a medida que una de sus prominentes cejas se va alzando dedicándole a Dougie una mirada inquisitiva.- ¿Y tú? ¿No estarás huyendo, verdad?
- Claro que no...
- Mejor, porque si fuera así, yo sería la última persona que te hubiera visto, y me sentiría en la responsabilidad de detenerte e impedir que abandones a Lara mañana y le hagas pasar el bochorno más grande de su vida en la otra punta del mundo. Pero si dices que no estás huyendo, yo te creo.
- Guay.
- Aunque claro, son las dos y media de la mañana y mañana te casas, es altamente sospechoso encontrarme contigo en medio de un pasillo a oscuras, ¿no crees?
- ¿Te tomas la tila o me la puedo tomar yo?- le pregunta entre exasperado por su verborrea y los nervios que le están entrando.
- ¿Qué te pasa?
- Necesito un cigarrillo.

Y salen a que el pequeño se tome un cigarrillo. Le explica que está nervioso pero que no se arrepiente de lo que va a hacer mañana, ni de querer pasar su vida con Lara porque sabe que es la persona más genial, especial y única que va a conocer nunca, y Tom asiente y escucha. Y Dougie le dice que Lara le ayudó muchísimo cuando peor lo estaba pasando con la rehabilitación, y que gracias a ella creyó de nuevo en el amor, y que con sus excentricidades ayudó a hacer su día a día un poco más bello. Y Tom asiente y empieza a pensar que esa conversación no tiene razón de ser.

- Dougs, si lo tienes todo claro... ¿qué cojones hacemos aquí?
- Has dicho un taco, luego si Albus los repite, no he sido yo- alza las manos al aire como un crío chico y suspira.- Es este sitio...
- ¿Qué le pasa al sitio?
- Perú...- murmura, arrugando el hocico.- Está a tomar por culo del mundo. ¿Por qué no hicisteis de buenos amigos conmigo y me advertisteis de casarme aquí?

Y Tom suspira, aferrándose a la taza para no romperla o peor, encajársela en esa cabeza rubia que tiene y que parece que no usa. Porque la verdad es que él le advirtió, que Perú estaba muy lejos, que no lo conocía, que era una locura casarse en ese lugar, pero sabe que si ahora le dice “te lo dije”, sólo va a conseguir que se colapse, y no es algo recomendable, así que decide no ser por primera vez en su vida el Tom reprochador, y sí el Tom comprensivo. Pasa uno de sus brazos por los hombros de Dougwash y le acerca a él.

- Tú no te preocupes porque esté muy lejos- le consuela, mirando al horizonte, sus dos cabezas rubias pegadas la una contra la otra.- Cuando tengas hijos podrás presumir de la boda más estrambótica, inusual y divertida de todas nuestras bodas.
- ¿Tú crees?
- ¡Claro! ¿Yo qué le voy a contar a Albus? Que fue en una iglesia normal y ya está...
- No, que si crees que tendré hijos algún día.

Tom le mira, por haber ignorado su preciado y útil consejo, y ve en sus ojos verdes al mismo Dougie de quince años que tocó repetidamente las mismas 8 notas de “Billy Jean” de Michael Jackson en la audición para McFly, y sonríe. No sabe si Dougie tendrá hijos, más que nada porque no le cree capaz de educarlos, pero Dougie ha demostrado estar muy a la altura en cosas que no se esperaban de él, así que, ¿por qué no a eso de tener hijos?

- Seguramente- le sonríe, golpeándole el hombro.- Pero será porque se te rompa un condón o lo hagas con Lara en donde no debas. Viniendo de ti...

Dougie sonríe, sintiendo esa tranquilidad y seguridad que Tom siempre ha sabido aportarle, y asiente con la cabeza, tratando de tranquilizarse a sí mismo. ¿A qué tiene miedo? No es un matrimonio usual, y lo sabe, así que no hay nada que temer.
Apaga el cigarrillo contra el adoquín del escalón, y ambos dos se ponen en pie para dirigirse a sus dormitorios. Mañana hay una boda que llevar a cabo.

*    *    *

Los invitados admiran la decoración. Pasean sus ojos por las enredaderas que meticulosamente adornan el arco de madera clara que hay situado en el centro del “lugar”, porque no se le puede llamar iglesia. Dougie no quería una boda típica, y desde luego no va a tenerla. Es algo espiritual, muy Lara. Todo el mundo va vestido de blanco, con flores en el pelo (menos Danny, que pelo... pues poco) y vistiendo grandes sonrisas, por esa teoría vitalista que dice que, cuanto más sonrías, más se reducen las preocupaciones.
El lugar escogido es la playa de Máncora de Perú. Literalmente, la playa. Los asientos están dispuestos en sentido opuesto al sol para no dejarse los ojos por culpa de la luz, y aprovechar la situación geográfica para un buen reportaje fotográfico. Una alfombra blanca se extiende entre las dos hileras de sillas, apenas resaltando contra la clara arena, y en su extremo, el arco que Dougie ha bautizado como “el arco del triunfo”, alegando que si le pone otro nombre, el matrimonio fracasará, aunque no sea un matrimonio y no tenga razón de ser lo que ha dicho.
No hay órgano, ni piano ni banda de música o coro rociero, tan sólo un hombre de color, con el escaso pelo que le queda decorado con canosas rastas, el cuerpo plagado de tatuajes de hojas de marihuana y mensajes de paz, y unos bongos entre las piernas. Parece una mala imitación de Bob Marley.

- ¿Falta mucho para que empiece?- le pregunta un achicharrado Danny a Tom que, con su Iphone, no deja de tomar fotos a los efectos que el sol hace sobre la playa y las flores del arco del triunfo.
- Ya estamos, eres peor que un niño pequeño. Ni Albus...
- Albert...- Gio nunca perderá la esperanza de que su marido llame bien a su hijo.
- ... me da tanto la brasa.
- Si es que me estoy quemando, coño. ¡Y luego me pelo como las serpientes!
- Te he dicho que te dieras crema- interviene Ariel, abanicándose con la mano que no reposa sobre su prominente tripa de mujer embarazada de casi seis meses. – Pero como no me escuchas...
- No sé ni cómo aguantas con ese barrigón- le dice su marido, hincándole un dedo en la barriga con cariño.
- ¿Qué remedio me queda?- ironiza ella, mirándole con odio.- “Tranquila que yo controlo”. “No hacen falta condones”. “Confía en mí”. Tienes incontinencia eyaculatoria.
- ¿Pero eso existe?
- Ahora sí. ¡Mira el resultado!
- Pero si estás preciosa- besa su mejilla con sonoridad, y le roba a Harry su abanico blanco, derrochando cada uno de ellos masculinidad por los cuatro costados.

El falso Bob Marley comienza a hacer sonar los bongos a un ritmo que nadie conoce pero que al menos suena a reggae ya que entra en escena el novio. Tratándose de Dougie, sería difícil que no estuviera guapo, pero la ropa blanca le resalta la luz de los ojos. Viste un pantalón vaquero claro y una camisa de manga corta del mismo tono. Acompañado de una orgullosa, emocionada e incrédula Sam, que todavía no ha digerido el hecho de que su hijo se vaya a casar, llega hasta el arco del triunfo, donde estrecha las manos con el “cura” que oficiará la ceremonia, vestido de riguroso blanco también.
Dougie cruza la mirada con sus band mates, y siente que se desprende un poco de la ansiedad. Ve a Harry llorando de broma, secándose unas lágrimas inexistentes con un inexistente clínex, y le hace sonreír. Ve también a Danny, la mirada de “un minuto más y me voy al chiringuito a por una caña”, revestida con esa guasa tan Jones que le ha alegrado momentos duros a lo largo de toda su vida. Y por último, mira a Tom, la sonrisa de padre orgulloso que le dedica, ese “ese es mi Dougie” mudo que le gritan sus ojos desde la primera fila. Y sonríe al mirarlos a todos ellos, porque sabe que, si la situación ya es rara de por sí, sin ellos lo sería más, o incluso ni existiría. Que les debe mucho y les quiere más de lo que nunca les confesará a la cara.

Minutos después, la novia entra en escena sosteniendo en sus morenas manos un ramillete de flores azules y verdes y arrastrando sus pies descalzos por la alfombra con vergüenza, sintiendo las miradas de los escasos invitados sobre ella. Nunca ha sido muy amante de ser el centro de atención, pero sabe que es algo ineludible, no en vano, es el día de su “boda”. Su brazo se entrelaza con fuerza en torno al de su padre, que la conduce al “altar” con otra sonrisa espléndida, y poco a poco, pasito a pasito, llega junto al hombrecillo con el que va a pasar el resto de su vida. Quién se lo iba a decir a ella cuando la contrató para que le hiciera aquel cuadro para su nuevo apartamento...

Una vez ambos están cara a cara, los invitados como espectadores de excepción, ambos se ríen, nerviosismo puro y duro esbozado en sus tirantes labios.

- Te queda muy mal el blanco- le dice una nerviosísima Lara a Dougie, tapándose la boca con una mano para que no le oigan los demás, pero sin conseguirlo. El enano empieza a reír, escondiendo esos ojillos entre sus párpados y patas de gallo, y se encoge de hombros.
- La próxima vez nos casamos de negro. ¡Oh, mierda, que no es una boda! Es igual. No me insultes que me largo con Harry.
- ¡Voy sacando el coche!- exclama Judd desde su asiento.

Las cuarenta personas que hay allí congregadas estallan en carcajadas mientras ellos se ponen algo más serios, dedicándose una mirada tan profunda y cargada de autenticidad que podría apreciarse desde la luna, y encaran al cura, o como sea que se llame el hombre que les va a convertir en marido y mujer para siempre. No a los ojos de un dios en el que no creen, ni ante un gobierno que no les entiende, sino ante las personas que les conocen de verdad, ante sus familiares, sus amigos, la gente con la que tendrán que lidiar día a día. Una boda especial, distinta y única, como él. 

3- Sobre cómo Danny Jones llegó 45 minutos tarde a su propia boda.

Danny Jones había hecho muchas cosas en su vida, muchas. Siendo un personaje público como era y con su disposición económica, no muy amplia, no era componente de One Direction aunque escribiera para ellos, pero lo suficiente extensa como para permitirle cualquier cosa. Y había hecho de todo. Había probado las drogas, y el alcohol por supuesto; se había acostado con fans, con no-fans, con madres, con hijas; había tenido momentos tontos con algún que otro tío por ahí en una noche tonta (aunque esto fuera algo que jamás, JAMÁS, reconocería) y había incluso atravesado un parque con su coche porque iba muy borracho. O destrozado una habitación de un hotel de Chile hasta tal punto que el director estuvo a punto de echarle. O miles de cosas más.

Por eso, se podía decir que sus fans podían esperar cualquier cosa de él, excepto que se casara. Danny podría confesar que estaba enamorado de Dougie, que le gustaba acostarse con Harry aunque le tocase ser el pasivo o que se convertiría en mujer por tener hijos con Tom, antes que casarse. O eso pensaban muchas de sus fans.

Y por eso, cuando días después de pedirle a su novia, Ariel, que se casara con él, cuando lo compartió con sus seguidores de Twitter, estalló una guerra. Ni siquiera lo había hecho público en los momentos previos porque a él no le gustaba vender su vida privada, de hecho, odiaba la parte mediática que su relación con Ariel había adquirido en los últimos años al ser ambos cantantes de éxito en Inglaterra. Pero tampoco podía reservarse algo de tal calibre para sí mismo. Sin embargo, no le dio mucha importancia.

“Ariel y yo nos casamos, yeah haha” *icono de una iglesia* *icono de una novia* *icono de las alianzas unidas*.

Puede que ese fuera el motivo principal por el cual las GD’s no se lo creyeron en primera instancia. Conocían a su ídolo, o al menos, eso pensaban, y una noticia tan importante como que el tercer McGuy se casara no se podía dar así. Para más inri, su afición de poner iconos no era aceptada porque no en todos los dispositivos se podían visualizar y esa noticia creó controversias. ¿Y si era una broma? ¿Y si su hermana le había vuelto a robar el teléfono?

En segunda instancia tampoco lo creyeron, cuando sus compañeros de banda empezaron a felicitarle, ni siquiera cuando Tom le retwitteó ese tweet y le contestó que no podía creer que fuera a sentar la cabeza. Era como si, entre ellas, se dividieran en dos grupos: las que no podían dejar de fantasear con la posibilidad de que fuera real y de alegrarse por la pareja, y las que se negaban a creer que su Danny Jones fuera a pasar por el altar, las que se empeñaban en que se trataba de una coña.

Pero era verdad. Danny se casaba al verano siguiente de la pedida de mano.

Julio de 2017 llega entre nervios y discusiones. Falta un día para la boda, tan sólo un día para que Danny y Ariel se den el “sí quiero”, o no.

Están en Bolton, pueblo natal del novio, en el enorme salón de la casa de su madre, Kathy, y hay más gente de la que probablemente sea necesaria. Ariel está sentada en un tresillo, entre Giovanna y su futuro marido, y sostiene un vaso de vino en su ensortijada mano. Su mirada pasea con vaguedad por la estancia, entreteniéndose en las cenefas del tapete que cubre la mesita del té, ajena a las conversaciones que los demás están manteniendo, porque allí están todos. Está por supuesto Giovanna, mirándola de reojo porque la nota nerviosa, y más allá, Tom teclea con rapidez en su teléfono. Han tenido que dejar al pequeño Albert con su cuñada porque no podían llevarle a la boda. En otro sillón Harry e Izzy mantienen una entretenida conversación con el padre postizo de Danny sobre violines, aunque la única que sepa algo de ellos sea Izzy. Y Dougie y Lara hacen reír a Kathy, Vicky y a Phil y Julie, padres de Ariel, con sus excentricidades. En medio de esa jauría, ellos dos, callados, sentados el uno junto al otro pero sin mirarse ni hablarse.

Porque están en Bolton, ya que allí es donde se va a celebrar la boda, y el banquete, y todo, porque Danny así lo ha querido. O más bien, lo ha exigido. Y Ariel ha cedido, pese a que ella sea originaria de Aberdeen y tenga allí enterrado a su padre y sus abuelos, y todo porque Danny una vez le prometió al suyo, que en paz descanse, que si se casaba algún día (cosa que no creía probable), la boda se celebraría en Bolton. ¿Y quién era ella para hacerle romper una promesa?

- ¿Estás bien?- se digna a preguntarla, acariciando el dorso de la mano de su casi esposa con su dedo índice, pero ella se lo aparta con delicadeza, aunque ese gesto no pueda ocultar el rechazo.- Ari...
- Voy a tomar el aire.

Danny sigue con la mirada el cuerpo de su chica. Ésta se levanta del sofá, haciendo que todos la miren y tras un “voy un momento al jardín”, cada uno vuelve a sus conversaciones sin darse cuenta de que la novia está teniendo una crisis. Nadie salvo Danny, y Giovanna que, bien porque es escritora, bien porque es así de empática, se da cuenta de todo.

Ariel descorre la puerta de cristal del salón y sale a la fresca brisa de un 7 de julio a las diez de la noche; cierra los ojos, cruza los brazos e inspira con fuerza, impregnándose del olor a césped mojado que ha dejado Steeth al pasar la manguera un par de horas antes. Y en ese silencio y esa quietud, empieza a darle vueltas a un montón de cosas que no tiene claras, todas relacionadas con la boda que se cierne sobre ella en menos de 24 horas. Dudas como que tiene 26 años y está a punto de casarse, algo que a su liberal mente le parece de locos, aunque sea la edad a la que la gente normal contrae matrimonio. Dudas como que no sabe porqué ha cedido tanto en el tema de la boda si nada está saliendo como ella imaginaba, que el vestido, y la iglesia y el decorado y todo es perfecto, pero no se refiere a eso cuando piensa que todo podría ser mejor. Ni siquiera sabe explicárselo a sí misma, pero sabe que, si finalmente se casan, el recuerdo que se lleve de ese día para el resto de su vida, será más agrio que dulce.
Suspira con hastío, abriendo los ojos y un instante después pega un respingo al ver, por su visión periférica, la figura de Danny situada a su lado.

- Me has asustado- le dice, abrazándose a sí misma.
- ¿Me vas a decir qué te pasa?
- Se me ha puesto dolor de cabeza ahí dentro- miente, hablando sin mirarle a los ojos. Lleva casi seis años con él y sabe que ya no puede engañarle.
- Ya... Sigues sin decirme qué significan tus suspiros, y no soy adivino.
- En cinco años te ha dado tiempo a descifrarlos...
- Ari, ¿qué pasa?- coloca ambas manos en los codos de su pelirroja y obliga a ésta a mirarle, cosa que no hace, por lo que tiene que alzarle incluso la cara. - ¿Es por la boda?
- No, es por la final de la Champions, no te jode.
- ¿No quieres casarte?

Podría responderle muchas cosas, podría soltarle todo lo que ha estado pensando hasta que él ha llegado a su lado, pero sabe que no puede. Que si lo hace, probablemente peleen, y es lo último que quiere, así que se limita a murmurar un:

- No lo sé.

Que a Danny le duele más que si le hubiera dicho que lleva cinco años poniéndole los cuernos con su mejor amigo, que vendría siendo Tom. O Keith.

- ¿No lo sabes?- inquiere con incredulidad, soltando sus brazos. – ¿A un día no lo sabes?
- No, joder, no lo sé. Mejor que me lo piense ahora que no delante del cura, ¿no crees?
- Ah, que encima me estás haciendo un favor...
- Danny, no quiero discutir, y menos aquí- se pasa una mano por la frente, apartando el flequillo y volviendo a suspirar sin poder evitarlo.
- Bueno, pues entonces yo vuelvo a dentro con los demás y hacemos como si aquí no hubiera pasado nada, ¿te parece? Y si mañana te sale de los cojones dejarme plantado en el altar, ya les doy yo a los invitados unas explicaciones que no tengo. ¿Vale?
- Puedes probar a decirles que yo no quería casarme aquí, y que probablemente esté en alguna iglesia de Aberdeen, con mi padre y mis abuelos. Que yo también tengo abuelos muertos, ¿sabes?- Danny se ríe, pero resulta amenazante, y se coloca las manos cruzadas en el pecho, a la defensiva. Llevan meses sin discutir, y justo tienen que hacerlo a varias horas de la boda.
- Pensaba que estábamos los dos de acuerdo en que se celebrara aquí. Que yo sepa, no te obligué a nada.
- No, claro, tú sólo lo sugeriste algo así como quinientas veces en menos de una hora.
- Está bien, vale. Lo hacemos a tu manera. No hay boda- Ariel le mira y ve el gesto de su postura defensiva.- ¿Es eso lo que quieres?
- Yo no he dicho eso...
- No, te lo digo yo. ¿Quieres casarte conmigo sí o no?

Se repite la pregunta que le formuló casi un año atrás, pero esta vez expresada con vehemencia y exigiendo una respuesta que parece no querer salir de las cuerdas vocales de Ariel. Y como dice el dicho, el que calla, otorga.
Danny interpreta el silencio de su novia como una negación y asiente, cegado por un enfado que apenas si llega a entender, y regresa al salón como una exhalación, recogiendo su teléfono móvil, cartera y llaves del coche, y sale esta vez incluso de la casa, montándose en su auto y conduciendo lejos de allí. Todo en menos de dos minutos.
Once pares de ojos se fijan en Ariel a través del cristal del salón y ésta mantiene su vista fija en el coche que se aleja calle abajo, Dios sabe a donde irá a esas horas de la noche.

En menos de quince minutos, el salón se ha quedado prácticamente vacío porque los chicos y sus mujeres han creído conveniente dirigirse a sus habitaciones de hotel para descansar y no molestar en ese ambiente tan tenso que Danny ha dejado a su salida. Tom se despide de Ariel con un “va a volver, le conozco” que a la pelirroja se le queda grabado en la mente porque si Tom tiene algo siempre, es razón, pero le cuesta creerle. En el fondo todo es culpa suya, y lo sabe, y probablemente por su culpa ahora Danny esté en Dios sabe dónde, con Dios sabe quién haciendo Dios sabe qué cosas. Y pensar en esa sola posibilidad, le da escalofríos.

A las dos horas de su espantada, le llama, pero no recibe respuesta. Y dos minutos después vuelve a llamarle, y siete, quince, veinticuatro, treinta y ocho y cincuenta y cuatro.
A las tres horas, cuando el reloj marca la una y veinte de la noche y sus padres y los de Danny avisan de que se van a dormir, ella se queda en el sofá asegurándoles con un “voy a esperarle un poco más” que se irá a la cama en un rato si ve que no aparece.
A las cuatro horas empieza a llorar tapada con una manta en el sillón, la tele apagada y Bruce tirado a su lado como un perro guardián, mirando a los ojos a su dueña como si le dijera “¿dónde está papá?”, respuesta que no puede darle ni a él ni a si misma. Se abraza al perro pensando que es Danny ya que le recuerda a él, no porque sea un perro, sino porque es suyo. Y se acuerda de cuando se le presentó, el miedo que tenía a todos los perros y que poco a poco, igual que con Danny, aprendió a quererle.
A las cinco horas se arrepiente de aquella conversación y ruega poder volver atrás en el tiempo, porque ¿qué más dará dónde se casen si lo importante es que lo hagan? Porque ¿qué importará que sea demasiado pronto si sabe que, casados o no, quiere pasar el resto de su vida a su lado? Porque ahora que se ha ido y que no sabe dónde está, el miedo que tiene a que haga cualquier locura por despecho pesa mucho más que la maldita ubicación de una iglesia.
A las seis horas, con una Ariel dormida sobre el sillón del salón, tapada de cualquier manera con una mantita de punto, la puerta de entrada se abre sigilosamente por si chirría, cosa que no hace.

El reloj de la pared marca las cinco menos veinte de la mañana, y la noche afuera se ha hecho un poco más fría, cuando Danny camina con cuidado por el parqué del salón, recortando con pasitos pequeños la distancia que le separa del sofá, y recoge otra manta del sillón contiguo. Se detiene un segundo sólo para mirar a Ariel y sonríe antes de echarle la segunda manta, lo cuál hace despertar a la pelirroja.

- Danny...- murmura, frotándose los ojos e incorporándose mientras sus pupilas tratan de habituarse a la penumbra.- ¿Dónde estabas?
- En un bar poniéndote verde con Matt- responde él, sentándose a su lado y apartándole los pelos de la cara a su chica.
- ¿Quién es Matt?
- No lo sé, estaba a mi lado en la barra.
- ¿Vas poniéndome verde delante de desconocidos?
- Efectivamente- sonríe y Ariel decide que no entiende nada.- Es muy divertido. Y liberador.
- ¿Podemos fingir que la pelea de esta tarde no existe?-le pide, haciendo pucheros porque sabe que así logra manipularle.
- ¿Ya has cambiado de idea? ¿Seis horas han sido suficientes?
- Lo habrían sido incluso dos, que es cuando he empezado a arrepentirme.
- Vaya, ¿y para eso me he estado tres horas aguantando las historias de un borracho?- se vuelve a reír y acaricia la mejilla de su pelirroja, que no sabe si llorar o reírse, pero decide que lo mejor es suspirar.- Quiero que estés segura, Ari. Sabes que en mi familia tenemos antecedentes de matrimonios fracasados. Necesito que lo tengas claro para tenerlo claro yo, no quiero empezar el camino torcido, igual luego no podemos enmendarlo.
- Guau, el alcohol te hace filósofo.
- Deja de burlarte de mí.
- ¿Entonces qué gracia tendría mi vida?- le pica, ganándose un pellizco en el costado.- Si no me dejas tomarte el poco pelo que te queda, mañana te digo que no- y Jones comienza una guerra de cosquillas que termina con ambos dos tumbados en el sofá, sus piernas enredadas y las miradas conectadas.- Sabes que quiero hacerlo, pero la gente siempre dice aquello de “te casaste, la cagaste”, y no puedo evitar tener cierto miedo.
- Más que yo, manda huevos- bufa él. No es ningún secreto que Danny siempre ha huido de los compromisos.- Si sirve de algo, juro solemnemente que no me convertiré en un marido machista y opresor.
- ¿Ahora eres Marx?- se vuelve a burlar, pero sonríe.

Sabe que Danny no será nada de eso porque le conoce demasiado para poder pensar algo así de él. Al fin y al cabo, ¿el matrimonio qué es? ¿Un papel firmado en el registro? ¿Un arito de oro en tu mano para indicarle al resto del mundo que le perteneces a otra persona? ¿Dónde quedan en todo esto reflejados los sentimientos? ¿Dónde dice ahí que Ari quiere a Danny más de lo que se ha querido nunca a sí misma, o que él cada vez que la mira encuentra en sus ojos a una de las pocas personas con las que puede ser totalmente él mismo? ¿Acaso queda reflejado en algún lado las ganas que tienen de seguir quemando días juntos, de dejar que el día a día se desarrolle en su vida y seguir descubriendo el mundo con el otro? Entonces, ¿por qué hay que creer que con el matrimonio tienen que cambiar las cosas? ¿O que si cambian, que lo hagan para mal?

Ariel suspira de nuevo, y pasa su brazo derecho por detrás del cuello de Danny, que en ese ataque de cosquillas, ha quedado encima de ella sobre el sofá del salón.

- Siento mucho lo del jardín- le dice haciendo un puchero. Si hay algo que se le da mal, es pedir disculpas, y Danny lo sabe. Y sabe lo orgullosa que es y lo que le cuesta reconocer sus errores.
- ¿Lo del jardín? ¿Qué ha pasado en el jardín?- Ariel chista y se enoja, sabe que lo está haciendo a posta.
- ¿Necesitas que te refresque un poquito la memoria?
- ¿Por qué no me la refrescas de otra manera?

Agacha la cabeza y posa sus labios sobres los de su inminente mujer y comienza a besarla y sus manos cobran vida, pero esta vez ya no le hace cosquillas. Ahora se han vuelto aventureras, y buscan los bordes de la ropa de su chica por los que poder colarse para dejar de ser dos personas para ser solo una. Pero Ariel no parece por la labor.

- Eh, eh- le sujeta las manos y se ríe.- ¿En serio? ¿En el sofá de tu madre?
- Es de sueño profundo, no se va a dar cuenta- le come el cuello y le hace reír de nuevo.- Pero si te ríes sí.
- Deja el garbancito quieto, anda.- Danny bufa y se pone en pie. Odia que Ariel se refiera a sus partes como “el garbancito”.- Además, son las cinco de la madrugada, y nos casamos mañana. No deberíamos ni estar viéndonos.
- ¿Eso no era el vestido?
- También- concede, poniéndose en pie y estirándose la camiseta, que se ha arrugado bajo el cuerpo del pecoso. Se acerca a él y deposita un beso en su mejilla como si acabaran de conocerse de nuevo- Nos vemos mañana en el altar.
- ¿No me vas a dar ni un beso en condiciones hasta mañana?
- No. Así me pillas con más ganas.

Dicho lo cual, y con el sueño pegado a los ojos, sale corriendo escaleras arriba y se mete inmediatamente en su cuarto, el cuál no es el mismo que el de Danny, por eso de las tradiciones. Tiene que levantarse en cuatro horas y todavía ni se ha dormido; es consciente de que al día siguiente amanecerá con unas ojeras de campeonato, pero no es importante. Su boda le espera en menos de seis horas.

*     *     *

A la mañana siguiente, todo son prisas.

El despertador de Ariel no ha sonado y sólo se ha levantado cuando su futura suegra ha entrado a su cuarto al grito de “LAS DIEZ Y MEDIAAAAAA”, con esa voz tan de familia Jones, y ha abierto todas las cortinas y ventanas, dejando que el sol y la luz de julio entrase en el dormitorio. Le ha tirado una bata a la cara pidiéndole que se apurase en darse una buena ducha, que tenían muchas cosas que hacer,

Así que así es como llega Ariel al cuarto de baño, arrastrando los pies descalzos por el suelo y desnudándose con parsimonia porque se muere de sueño. Logró quedarse dormida a las ocho y cuarto pero no ha descansado nada, y el agua que resbala por su cuerpo consigue que termine por espabilarse o llegará dormida a la iglesia. Ni siquiera es consciente de que es el día de su boda, y aún no es capaz de ponerse nerviosa porque no lo asimila. ¿Ella, casándose? ¿Y encima con el hombre que conoció de chiripa en el pub de Micky?

Sale de la ducha, con el albornoz cubriendo su cuerpo y sus mujeres de confianza esperándola en el dormitorio. Allí se encuentran Sarah y Lauren, sus mejores amigas y Vicky, que junto con ellas, les harán de damas de honor; su suegra y su madre y su hermano pequeño.

- ¿Qué haces tú aquí?- le saluda, comiéndoselo a besos.- ¿Te pintamos las uñas a ti también?
- Deja de llenarme de babas- se queja él, que con sus casi 11 años odia los besos, y se pone muy formal cuando dice:- Tengo un mensaje de tu futuro marido.
- Miedo me das.

Le tiende un papelito que saca del bolsillo de su vaquero y ella lo despliega. “Espero que no le tengas mucho aprecio al liguero porque esta noche te lo voy a quitar con los dientes”. Ariel lo repliega de nuevo y cierra sus dedos en torno a él, con el rubor subiéndose por sus mejillas.

- Dime que no lo has leído- le pide asustada a su hermano.
- Me ha sobornado- dice.- Cincuenta libras a dártelo cerrado. ¿Qué pone?
- Nada de tu incumbencia, y ahora fuera, que me tengo que arreglar.

Echa a su hermano casi a empujones al tiempo que éste se ríe y Ariel piensa que ese niño tiene en Danny un muy mal referente masculino.
Las dos siguientes horas son de locura. La ceremonia se celebra por la mañana, a las doce y media, y todo tiene que estar a punto para esa hora. Peluquera y maquilladora se encarga de poner guapa a la novia, que no deja de preguntarse qué tal estará Danny y cómo habrá amanecido, si se estará poniendo nervioso como ella o si le estará entrando pánico.

Cuando a las doce y cinco, vestida con su precioso vestido blanco, desciende las escaleras del porche para montarse en el coche que le lleve a la iglesia, Sarah se acerca a ella con una sonrisa y antes de montarse en el coche anterior con el resto de las damas de honor, le dice:

- Danny y los chicos han salido hace cinco minutos en el otro coche- sonríe a su mejor amiga con cariño y aprieta su mano para infundarle ánimos.- No deben tardar mucho en llegar.

Ariel suspira. No sabe porqué, pero tiene la sensación de que algo va a salir mal sí o sí, probablemente porque estando Danny involucrado la probabilidad es muy alta, pero sabiendo que ya están de camino, consigue tranquilizarse.
Se monta en su coche, un ostentoso Rolls Royce Phantom negro del 29 alquilado para la ocasión, y Phil se sube a su lado, tomándola de la mano y besándola a través del guante, mirándola como si fuera hija suya de verdad.
Hasta la iglesia les quedan unos siete minutos de conducción con el tiempo justo para llegar a ella y comenzar la ceremonia. El coche arranca y Ariel empieza a imaginarse la capilla llena de toda la gente que quiere y que les quieren a Danny y ella, y se imagina a sí misma caminando con el ramo en las manos hacia el altar donde un Danny guapo a rabiar la estará esperando con la mejor de sus sonrisas para pasar el resto de sus vidas juntos. Y los nervios empiezan a carcomerle las entrañas.

A los cinco minutos de conducción, el móvil de Phil, su padrastro, irrumpe en ese silencio de nervios a flor de piel, y éste descuelga al segundo tono.

- Estamos llegando- informa, y tras un par de segundos de silencio, mira a su hija de reojo.- No lo sé... ¿Dos minutos? Como mucho tres.
- ¿Qué pasa?- pregunta la novia. Y no es un “¿qué pasa?” como aquel que dice “se me ha roto una uña”, es un “¿qué pasa?” que significa “dime que Jones no se ha fugado con Dougie porque le capo”.
- Nada, tranquila- sigue hablando con quien quiera que haya al otro lado, y se rasca la nuca.- ¡Pero si ha salido antes que nosotros! (...) No, no les hemos visto.
- Phil...- inquiere, alargando la “i”.
- ¿Atasco? ¿En sábado? (...) Vale, de acuerdo.

Y cuelga. Suspira, se guarda el teléfono móvil, y mira a su hija, que sabe lo que le va a decir antes de que abra la boca.

- ¿Por qué no paramos un poquito?- sugiere.- ¿Quieres estirar las piernas?
- ¿Dónde está Danny?
- No lo sabemos.

Bien. Genial. Divino. Los ojos de Ariel se cierran lánguidamente y se obliga a sí misma a respirar hondo, inspirar, expirar, mientras sus manos retuercen el tallo del ramo con ansia.

- ¿Cómo que no sabéis dónde está? Ha salido antes que nosotros- dice, apretando los dientes para no dejarse llevar por un ataque de nervios.
- Eso le he dicho yo a tu suegro. Deberían haber llegado ya, no hay tanta distancia desde su casa hasta la iglesia, estamos a punto de llegar nosotros...
- Phil, así no me ayudas...- baja la ventanilla del coche, aunque haya curiosos haciendo fotos por ser la boda de uno de los cantantes de McFly, y se abanica con la mano.
- Pero ya verás como enseguida aparece- trata de animarla.- A lo mejor... se les ha averiado el coche.
- Qué casualidad, ¿no?

El Rolls Royce sigue su camino hasta la iglesia y, tal y como había dicho Phil por teléfono, en dos minutos más ya están allí, con novia pero sin novio.
Hay gente agolpada a la puerta, gente del pueblo que quiere ver cómo su paisano más ilustre, su Danny, se casa. ¿O no? Julie, la madre de Ariel, sale acalorada de la iglesia, seguida de Kathy, y se acercan al coche.

- ¿Dónde está Danny, mamá?- pregunta una Ariel incrédula de que haya sido capaz de hacerle lo que tiene toda la pinta que ha hecho. Su madre la mira y mira a su nuera esperando algo de apoyo. Kathy abre la puerta del coche invitándola a salir y le tiende una mano como ayuda.
- No va a tardar en llegar, ya lo verás. O le traigo a la fuerza.

La novia sale del coche, con las piernas temblorosas y a punto de echarse a llorar o romper lo primero que se interponga en su camino, y accede a la iglesia, sin entrar a la capilla en la que se celebrará la ceremonia, si se celebra. Es conducida por un par de claustros hasta la vicaría en la que el sacerdote espera a que le digan algo en claro sobre la misa, preguntando de un modo muy sutil si él recibirá sus honorarios se casen o no se casen.
Ariel se sienta en una de las butacas de la sala y el reloj de la pared le informa de que son las doce y veinticinco, restan cinco minutos para que empiece la ceremonia, y el novio no aparece.

- ¿Le habéis llamado al móvil?- pregunta. Se niega a creer que haya podido abandonarla en el altar, porque no. Porque la noche anterior lo hablaron, y lo dejaron todo claro.
- No contesta. Ni él ni los chicos- responde Kathy, con su teléfono en la mano, señal de que no es la primera vez que lo intenta.
- ¿Ni siquiera Tom?
- Ni Tom.

Algo malo debe ocurrir si Tom no atiende al teléfono. ¿Y si les han secuestrado? ¿Y si se han despeñado por algún... acantilado o carretera en mal estado? ¿Y si simplemente se ha echado para atrás y no quiere casarse?

Los minutos empiezan a correr y la gente dentro de la iglesia a impacientarse. Las damas de honor se encuentran con la novia, que se ha quitado el velo y soltado el ramo de mala manera por la mesa y se abanica con un tríptico de catequesis porque le falta el aire. Y encima se siente ridícula con ese perifollo de vestido.

- ¿Para qué mierdas me pide que me case con él si me va a dejar plantada?- espeta, con la paciencia colmada.- Será hijo de puta, con perdón, Kathy.
- Señorita, está en la casa del señor- le recuerda el cura, y ella lo fulmina con una mirada asesina.
- Encima me hace gastarme miles de libras en este vestido.
- Ari, tranquilízate- le pide Sarah.- Si rompes el vestido y al final aparece vas a tener que casarte en bragas.
- Así seguro que le dice que sí- interviene Lauren, ganándose otra mala mirada.
- ¿Qué hora es?- inquiere la novia poniéndose en pie.
- Casi la una- responde el cura, deseandito de terminar con ese paripé de una vez.
- Se acabó.

Las personas allí presentes, es decir, su madre, su padrastro, sus damas de honor y su suegra, la miran inquisitivamente y tratan de disuadirla, pero la verdad es que no tiene razón de ser. Ya deberían estar casados y Danny ni siquiera da señales de vida, ¿qué pretenden? ¿Qué se quede esperando como una mojigata?

- Me...- irrumpe Vicky cuando su cuñada sale por la puerta con paso firme y la mirada acuosa.- ... me está llamando Tom.
- ¡Descuelga!- le ordena Sarah. Vicky obedece y lo pone en altavoz, deteniendo el tiempo en la vicaría. Y luego se oye la voz de Tom.
- ¡ESTAMOS LLEGANDO! ¡¿ESTÁ ARIEL POR AHÍ?!
- Está a punto de irse. ¿Se puede saber dónde cojones estáis?- le interpela la Jones mayor, ignorando las regañinas del cura.
- No os lo vais a creer...- dice. Se oyen interferencias y el móvil cambia de manos.
- ¡AL PUTO FERRARI DE LOS HUEVOS SE LE HA PINCHADO UNA RUEDA AL SALIR DE CASA!- se oye gritar a Danny.
- Os dije que era mejor un coche de caballos, que no se quedan sin gasolina...- esta vez es Dougie. Más interferencias y el móvil vuelve a las manos de Tom.
- ¿Dónde está la novia? ¿Por qué no la oigo quejarse, con lo que a ella le gusta? ¡¿No se habrá ido, verdad?!- Ariel recula y se acerca al móvil.
- Tom- dice, seria.
- Oye, que lo de que te gusta quejarte era broma...- se defiende el rubio.
- Ya, luego hablaré contigo... ¿Está Jones por ahí?
- ¡ESTAMOS LLEGANDO!- grita Danny.- Se ha pinchado una rueda, ¿vale? Y hemos intentado cambiarla pero Harry es un inútil.
- ¡POR LO MENOS YO NO ME HE MANCHADO LOS ZAPATOS DE BARRO!- dice el otro.
- Y cuando teníamos la rueda quitada, no sabía poner la otra. Y no teníamos cobertura para llamaros.
- Y venís a pie, claro- ironiza ella.
- No, en taxi. Estamos llegando, te cuelgo.

Y la cuelga. ¡La cuelga! Ni un “disculpa”, un “lo siento”, un “te quiero”. Vicky cuelga su teléfono también y todo el mundo mira a la novia, como si esperasen que ella se negase ahora a casarse. El cura da una palmada y les echa a todos de la vicaría.

- Vamos, vamos, que nos casamos- canturrea.

Ariel se pone de nuevo el velo con ayuda de su madre y su suegra y respira hondo o puede que en cuanto llegue al altar le pegue un sopapo a su futuro marido, y probablemente la echen de la iglesia.

Cinco minutos después, con los hombros erguidos y el ramo en las manos, camina hasta el altar con paso dubitativo viendo a su futuro marido esperarla junto al cura y sus padrinos. Le mira de arriba abajo, intentando desterrar de su mente el soponcio que le ha dado en los prolegómenos del día más importante de su vida, y se le olvida todo en cuanto ve la sonrisa de su Danny y cómo le tiemblan las manos, algo que puede ver desde esa distancia. Y, oh, Harry no mentía. Se ha manchado los zapatos de barro.
Ariel se ríe, soltando un poco de la tensión que ha acarreado con ella, y Phil se para frente a Danny, al que dedica una mirada de lince, y le entrega la mano de su hijastra para que Jones la haga su esposa.

El cura les sonríe, la música es acallada y la ceremonia da, ahora sí, comienzo, mientras Danny ve salir de los suaves labios de su sirenita un “te voy a matar, la lías hasta en el día de tu boda” que le hace sonreír como cuando era un niño pequeño y parecía que no había roto un plato.

Y así es como las GD’s terminan convenciéndose de que su Danny Jones ha contraído matrimonio, viendo con cuentagotas las noticias que se filtran sobre ellos y riendo a mandíbula batiente cuando el titular “Danny Jones llega tres cuartos de hora tarde a su boda”, se adueña de todas las portadas. Porque la posibilidad de que Jones se casara era remota y limitada, y si lo hacía, tenía que ser así, a su manera, estilo Danny Jones.